Homilía en la Pascua de Mariano PUGA. Juan BARRAZA

Queridos hermanos y queridas hermanas:

Los saludo a todos y todas en estos momentos en que nos encontramos en este templo para despedir a nuestro querido hermano Mariano, con emoción, con pena, pero también con esperanza en Jesús resucitado. Mariano ha partido, pero su memoria permanecerá para siempre en el corazón del pueblo chileno.

Antes que nada, deseo presentarme. Mi nombre es Juan Barraza, párroco de Caldera en Copiapó, y estoy aquí, con humildad, para celebrar con ustedes esta Cena del Señor siguiendo las huellas de quien fuera maestro de una liturgia con base científica, histórica e inculturada. Viví 10 años con Mariano en los ochenta, en la comunidad San Romero de la población Digna Rosa de la comuna de Cerro Navia. Soy de origen popular y en esa condición fui acogido por Mariano en la “nueva familia” que él constituyó con los pobres y postergados, sin renunciar a su propia familia biológica. Por el contrario, quiso siempre invitarlos a que imitarán el compromiso que él había hecho con el Señor Jesús.

Deseo en esta oportunidad agradecer a sus padres, don Mariano y la señora Elena, y a toda su familia, que con generosidad y sin egoísmo lo entregaron a los pobres para siempre. También me parece un deber de justicia agradecer a las comunidades donde vivió, a sus familiares y a muchas personas que se preocuparon de la salud de nuestro hermano, pero debemos expresar una gratitud especial para la comunidad de la casa de Mariano llamada “La Minga”, por su atención permanente, día y noche, y durante muchos meses en su enfermedad.

Me propongo en esta oportunidad recordar brevemente algunas etapas de su vida y recordar la fuerza interior de su espiritualidad y de su creatividad, que lo marcaron siempre. Hemos valorado su consecuencia, su valentía para enfrentar los conflictos y sobre todo su compromiso con Jesús y con los pobres.

Mariano siempre recordaba, con humor, el inicio de su conversión. Cuando trabajaba con un grupo de universitarios, denominado “San Manuel”, en las poblaciones “callampas” del Zanjón de la Aguada en los años cincuenta, un compañero, de repente, le preguntó con urgencia: “¿Y que esperaí, vos, para convertirte, huevón?”. Confundido, preguntó: “¿Y qué tengo que hacer para convertirme?”. “Lee el evangelio y tómalo en serio”, respondió su compañero. Así partió su vida de fe y de compromiso con los pobres, con el evangelio, con la Biblia y con Jesús.

Mariano nació en 1931 en el seno de una familia aristócrata y católica, entró al Seminario de Santiago, fue ordenado sacerdote en 1959, estudió dos años liturgia en Paris y en Roma, y luego volvió a Chile para desempeñar su ministerio sacerdotal. Durante 40 años, entre 1962 y 2002, vivió y trabajó en Santiago, especialmente en Villa Francia, La Legua y Digna Rosa. En 2002 se fue como un misionero itinerante a Chiloé hasta 2012, año en que volvió de nuevo a Villa Francia.

Durante esos años se desempeñó como asesor universitario, formador en el Seminario Pontificio, pastor en tres diferentes comunidades, difusor de la Biblia, promotor de una liturgia renovada e inculturada, opositor de la dictadura y defensor de los derechos humanos. Pero tal vez, lo que más recuerdan muchas personas, es que durante 20 años, fue cura obrero, pintor de brocha gorda.

Esta descripción es claramente insuficiente y podría ser engañosa y equivocada sin conocer las motivaciones profundas que lo llevaron a vivir un sacerdocio único, creativo, valiente y comprometido. Sediento del absoluto de Dios, peregrino incansable de Jesús y del evangelio, amigo universal, especialmente de los pobres, profeta de Dios, de Jesús y de la Iglesia.

Quisiera dar un paso más y profundizar, con temor y humildad, en algunos rasgos de su vida, su compromiso pastoral y político, y su espiritualidad del seguimiento de Jesús. A continuación, señalaré algunas de sus características.

Heredero de Medellín y precursor de la Iglesia en salida. Quisiera situar, brevemente, el servicio pastoral de Mariano en el contexto histórico que le tocó vivir. Fue ordenado sacerdote en 1959 y siguió de cerca “la revolución eclesial” del Vaticano II y la reinterpretación, desde los pobres, del Concilio reformador, en la Conferencia de Medellín. La jerarquía chilena de esa época, ya estaba preparada para incorporar el Concilio debido a la visión anticipada de algunos precursores, como el obispo Manuel Larraín y el padre Alberto Hurtado. Mariano vivió intensamente esa época evangélica y comprometida de la Iglesia chilena, con la lucha por la justicia, el apoyo a la reforma agraria, las Comunidades de Base, que se prolongó varios años durante la dictadura en la protección de los perseguidos y en la defensa de los Derechos Humanos.

Durante el período de la Unidad Popular apoyó los proyectos liberadores del Presidente Allende, fue crítico de la falta de coherencia de algunos líderes, y se comprometió en las organizaciones de los sacerdotes que buscaban una reforma del modelo económico-social y una renovación de la Iglesia. En particular, fue un miembro del grupo de los “Cristianos por el Socialismo” que buscaban el cambio social y del grupo de “Los 200” que luchaban por una reforma profunda de la Iglesia institucional, a la luz de la fe y del seguimiento de Jesús.

Sufrió mucho a finales de los ochenta cuando la Iglesia chilena experimentó un remezón parecido a un “tsunami”, que vino desde el exterior, y que pretendió cambiar la aplicación del Concilio y de Medellín. La jerarquía cambió, la autoridad nombró obispos conservadores y controló la formación de los seminaristas. Por temor al marxismo y por miedo al compromiso político, la Iglesia, en amplios sectores, se encerró en sí misma, con una espiritualidad intimista, una pastoral centrada en sus problemas internos, cerrada al mundo exterior, temerosa de lo nuevo y alejada de las preocupaciones reales de la vida del pueblo. Algunas generaciones de sacerdotes y obispos crecieron y se desarrollaron sin la debida atención al Concilio, Medellín y Puebla. Posteriormente, la crisis de la jerarquía se hizo más visible. Se abandonó, en parte, el magisterio social y se centró más en la enseñanza moral, familiar y sexual.

Felizmente, hay que reconocer que, gracias a Dios, siempre permaneció una Iglesia profética comprometida, minoritaria, pero llena de fuerza evangélica liberadora. Mariano fue, dentro de ella, un líder carismático, valiente y creativo, que amó a la Iglesia y luchó por ella.

La situación de la Iglesia se hizo más crítica cuando fueron denunciados los abusos de poder, de conciencia y los delitos sexuales cometidos por algunos sacerdotes reconocidos y de gran influencia en el país. La jerarquía tuvo dificultad para enfrentar los crímenes y demoró en la denuncia y castigo de los delitos. En consecuencia, hemos llegado a un punto, triste y doloroso, en que la Iglesia ha perdido credibilidad y confianza. Sin embargo, no perdemos la esperanza. Confiamos en la promesa de Jesús de que nunca nos abandonará, e invitamos hoy, con el legado de Mariano, especialmente a laicos y laicas, a trabajar fervorosamente por hacer realidad el sueño del Papa Francisco, de una “Iglesia en salida” y construir una “Iglesia de los pobres y para los pobres”.

La vida de Mariano fue marcada profundamente por la experiencia del sacerdote francés, contemplativo y misionero, Carlos de Foucauld. Seguramente, la vida en movimiento y su caminar de peregrino inspiraron profundamente su estilo de vida. Una de las definiciones más hermosas de la persona de Jesús, propuesta por el hermano Carlos, es la que lo llama “el Señor de lo imposible”. El hermano Carlos y nuestro hermano Mariano fueron buscadores de lo imposible. Ambos se atrevieron a traspasar las barreras de lo conocido, adentrándose en culturas completamente diferentes a las suyas y entrando en la profundidad de su propia vida. En esta lógica del viaje, entendieron el amor como riesgo y salida. Salida de sus propias comodidades, de su cultura y en definitiva de sí mismos.

Mariano fue un hombre de la Iglesia a la que amó profundamente, a pesar de que veía a veces su contradicción y lejanía con el evangelio. Lo impresionó profundamente una frase del obispo Pedro Casaldáliga: “He creído en la Iglesia a pesar de la Iglesia”. Mariano amó y sufrió a la Iglesia. A pesar de los muchos dolores nunca se sintió fuera de ella y su sentido crítico siempre fue expresión de su amor por ella. Intentó siempre dialogar con sus obispos, que en la mayoría de los casos siempre lo acogieron bien, se relacionó y buscó la amistad de sacerdotes y religiosos del presbiterio de Santiago, estrechó relaciones con muchas religiosas y vivió la amistad con miles de personas de Chile y del extranjero.

La vida de Mariano fue una mesa abierta, donde todos y todas encontraron un lugar. Su gran utopía para Chile es que algún día estemos todos sentados a la mesa, participando de la fiesta, sin excluidos ni marginados. Así nuestro hermano fue construyendo el reino a ritmo de la eucaristía, “fraterna” y “subversiva”. Cada una de sus celebraciones, que querían apurar la utopía, son el fruto de muchas manos, de muchas historias que convergen para formar un único pan. La Eucaristía es subversiva, porque es memoria y actualización de la vida y de la muerte de Aquel que no aceptó ni acepta la injusticia en el que viven muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Pensaba que si la Eucaristía no es mesa compartida se asemeja a una blasfemia. La Eucaristía que celebraba Mariano era la conmemoración de la muerte de Jesús que sigue muriendo con el pueblo y para el pueblo.

La experiencia de la amistad. Mariano fue discípulo de un Dios que, en la Encarnación, por amor “se hizo uno de tantos”. Este misterio fue la centralidad de toda su vida y su entrega. La pasión fundamental de su vida fue abrazar la experiencia de este Dios que se hace hombre, “sin techo, sin trabajo, sin papeles”. Un Dios “cotidiano, silencioso, amable y pequeño”. A la luz de la encarnación de Dios en Jesucristo, Mariano profundizó diversas experiencias humanas. Una de ellas es la experiencia de la amistad. El valor de la amistad fue esencial en su vida y ante lo esencial no vaciló. Recorrió muchos kilómetros para abrazar a amigos y amigas muy queridas. No tuvo agenda de compromisos ni falta de tiempo para despedir a los amigos que partían. Inspirado en el evangelio de Jesús y en la espiritualidad del hermano Carlos, vivió “el evangelio de la amistad”, haciéndose hermano universal para creyentes, hermanos de otras religiones y también de no creyentes.

Mariano y los conflictos. Su andar y su compromiso en tantos lugares nos recuerda que el seguimiento de Jesús tiene costos, “la gracia tiene precio”. Su vida estaba marcada y herida por su coherencia con el evangelio. Las cruces de su historia son las cruces históricas de nuestro pueblo, que él asumió por su amorosa y testaruda opción por Cristo y su evangelio. He sido testigo de sus soledades, silencios profundos y noches oscuras. El andar de Mariano ha vivido la incertidumbre, el miedo, los fracasos y la incomprensión de algunos representantes de la jerarquía eclesiástica. Las palabras “tortura”, “deshumanización” y “represión”, que históricamente han marcado y siguen marcando la historia de nuestro pueblo, también encontraron en su vida un lugar concreto y real. Por ejemplo, su estadía en Villa Grimaldi, donde lo llevaremos después de esta celebración.

Mariano admiró y se hizo discípulo de monseñor Óscar Romero. Siguiendo al obispo mártir, supo que el evangelio no puede ser amigo de todos. Para esclarecer mejor esta afirmación controvertida me permito citar una homilía de monseñor Romero de 1977, que dice así: “¿Cómo saber si soy cristiano, hermanos? ¿Quieren saber si su cristianismo es auténtico? Aquí está la piedra de toque. ¿Con quienes estás bien? ¿Quiénes te critican? ¿Quiénes no te admiten? ¿Quiénes te halagan? Conoce aquí lo que Cristo dijo un día: ‘No he venido a traer la paz, sino la división’”. Palabras auténticas de Jesús, misteriosas y difícil de entender, que costaron la vida de monseñor Romero y que nos invitan a un discernimiento crítico y comprometido.

El evangelio no es neutral. Mariano a lo largo de su vida ha reconocido en Cristo el rostro humano de Dios. Ese Dios en carne humana no es neutral. Dios no sólo se hace hombre, sino que se hace un hombre pobre, poblador, trabajador, marginado, etc. El evangelio nos dice: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”. Como sabemos Mariano pertenecía a una familia acomodada y pudo haber vivido cómodamente. Prefirió la vida dura y austera de un poblador. Su vida se transformó en un amor ancho, expresado en una vivienda sencilla, donde todos y todas encontraron un lugar. La experiencia de la mesa compartida fue una opción fundamental de su vida. Todo el que quiso, encontró un lugar en su casa, en su mesa, en su vida y en sus celebraciones. Su vida fue entregada sin reservas.

Poblador y sacerdote obrero. Como hemos dicho, Mariano fue profundamente influído por el hermano Carlos de Foucauld. Ese religioso consagró su vida totalmente al Dios de los pobres. En su biografía escribió: “Dios mío, no sé si es posible a ciertas almas verte pobre y seguir siendo tranquilamente ricas. Ser rico, estar a gusto, vivir de mis bienes, cuando tú has sido pobre. Yo no lo puedo hacer, Dios mío”. Mariano reprodujo textualmente estas palabras en su vida. Pero, siguió más adelante en su imitación del sacerdote misionero. Al igual que Jesús, todas las mañanas, quiso ser obrero, trabajador, compañero, encallecerse las manos, agotarse con horas largas de trabajo y volver a su comunidad en las tardes para su labor pastoral.

Contradicción vital interior. Entre sus muchos sufrimientos y frustraciones, Mariano vivió una tensión vital entre la soledad y el prestigio social. Por una parte, siguiendo al hermano Carlos, emprendió un viaje desde una familia aristocrática a la vida de un poblador, un proceso de bajar, de abajarse. Él descubrió que la plenitud no estaba arriba, en el subir, sino en el bajar. Paralelamente, no ocultó que aquello que siempre le causó una profunda pena y molestia, que consistía en que lo siguieran a él y no a Jesús. Le dolió que no lo comprendieran. Por una parte, luchaba contra el “marianismo”, que no lo consideraran a él en el centro. Al mismo tiempo, su presencia, su figura, su testimonio y la fuerza de su palabra lo destacaban, lo daban a conocer, lo ponían “arriba”. Hasta sus últimos días luchaba, muchas veces sin éxito, contra el “marianismo”.

Mariano no fue un santo de altar. Muchas veces hemos tenido una visión equivocada de los santos, como personas perfectas, sin defectos, sin pecados. Siempre, Mariano se consideró un pecador que cometía errores, que quería imponer sus opiniones, era autoritario y en los últimos meses, a veces, impaciente e irascible. Reconociendo en él estas conductas, reconocemos también que fueron propias de un hombre apasionado que presiona con sus convicciones, un líder dotado de carismas, que se impacienta por la lentitud para entender y reaccionar a sus propuestas de renovación, un hombre de carne y hueso que muchas veces lo venció la soledad, el cansancio y la desilusión. Muchas veces pedía perdón, pero no siempre se corregía. Sus defectos humanos no empañaron la plenitud de su gran testimonio evangélico.

Profeta de Dios, de Jesucristo y del evangelio. Mariano fue un profeta. Profeta con voz potente y estatura, removiendo conciencias, interpelando y desafiando desde la realidad y dignidad del pueblo humilde, empobrecido, humillado, reprimido y excluido. Ninguna categoría define mejor a Mariano que la palabra “profeta”. En estos últimos días hemos escuchado de su coherencia y valentía, la que vivió con una hondura que lo llevó a denunciar siempre la injusticia y la violación a los derechos humanos, produciendo la incomprensión y la soledad propia del discípulo de Jesús. Mariano hizo de la vida una apuesta radical por el evangelio del Dios del no-poder, que entiende el amor como el “arriesgar la vida para compartir con los que la arriesgan día a día”. Detestaba la palabra “cuídate”, porque la bienaventuranza del evangelio sólo se comprende con otra palabra: “arriésgate”.

Mariano y el estallido social. Él estaba en el hospital de la Universidad Católica el 18 de octubre de 2019. Dolorosamente se asomó a la ventana tratando de ver a los jóvenes que se dirigían a la “Plaza de la Dignidad”. Inmediatamente escribió una carta abierta indicando que “el despertar no tiene que morir nunca más”. Debido a su enfermedad progresiva no pudo participar, pero desde su lecho de enfermo animaba de palabra y por escrito, a que los cristianos se sumaran a las protestas legítimas, para que, de una vez, después de 30 años, se escucharan los clamores por mayor justicia, igualdad y dignidad. Hace pocos días, con un esfuerzo sobre humano, llegó hasta el patio del palacio de justicia para celebrar la Cena del Señor con familiares de las personas que han sido mutiladas, heridas y encarceladas.

Palabras finales. Me temo que me he extendido demasiado y al mismo tiempo creo que todavía no he comenzado a describir la vida de este gran hombre, amigo y hermano universal. Lo único que me falta decir para concluir, que la mejor definición de Mariano es que él perteneció a Jesucristo y que ahora se encontrará cara a cara con Él. Ahí está su pertenencia final, radical y definitiva. Jesús fue siempre su maestro, su pasión, el que le dio sentido a toda su vida. Nadie como él nos presentó a Jesús de Nazaret en forma tan viva, convincente, exigente y comprometedora. Lo amó con pasión, habló de él con entusiasmo de enamorado, reproducía sus palabras con una fuerza que conmovía, especialmente cuando nos recordaba las bienaventuranzas.

Mariano ha partido como vivió. Quería morir como los pobres. No aceptó un catre clínico hasta que ya no pudo oponerse. Su muerte es el cumplimiento de su mayor anhelo, pertenecer completamente a su Señor y para siempre.

¡MARIANO DESCANSA EN PAZ EN EL CORAZÓN DE JESÚS Y EN LA MEMORIA DEL PUEBLO!

Muchas gracias.

(Santiago de Chile, marzo 2020. Juan BARRAZA es el responsable regional de la fraternidad chilena)

PDF: Homilía en la Pascua de Mariano PUGA. Juan BARRAZA

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