Retiro de agosto 2021 de la fraternidad de España

La fraternidad sacerdotal Iesus Caritas de España organiza, como cada verano, su retiro anual, desde el domingo, 22 de agosto, en la noche, hasta el viernes,27, por la tarde, en la Casa de Espiritualidad “Santa María” (Javerianas), en Galapagar, Madrid.

Charlas, adoración prolongada, silencio, revisión de vida, jornada completa de desierto, celebración en fraternidad de la liturgia de las Horas y la eucaristía… Todo para ayudarnos a crecer en nuestra espiritualidad y compartir nuestra vida.

Los temas de este año serán una preparación interior para la próxima canonización del hermano Carlos. Así, a las 10 de la mañana de cada día, a excepción del jueves, 26, día de desierto, tendremos las siguientes charlas y animadores:

  • Jesús CERVERA (telemáticamente, desde Argelia): La conversión permanente y el deseo de ir a los más alejados.
  • Gabriel LEAL: Dinámica del hermano Carlos hacia las periferias.
  • José VIDAL: La herencia espiritual de Carlos de FOUCAULD.
  • Aquilino MARTÍNEZ (responsable regional): Introducción al desierto
  • Mateo CLARES: Carlos de FOUCAULD, el hermano universal.

Por el momento, son 18 hermanos que van a participar físicamente.

El retiro podrá seguirse telemáticamente, por la situación de pandemia, comunicando con tiempo suficiente a Aquilino (responsable regional) el deseo de participar.
Teléfono: +34 629 53 03 79
Correo electrónico: aquilinomartinez@telefonica.net  curaqui@hotmail.com

Animamos a participar a los hermanos de los países de lengua española y a cualquier sacerdote que esté interesado en cualquier lugar del mundo.

PDF: Retiro de agosto 2021 de la fraternidad de España

Las señales del Resucitado. Retiro de Pascua 2021 de la fraternidad de España. Fernando E. RAMÓN

«Cuando bajaban del monte, les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos.
Esto se les quedó grabado y discutían qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos» (Mc 9,9-10).

La resurrección no es tan fácil de entender. Los mismos discípulos de Jesús, los apóstoles, no habían entendido qué quería decir Jesús cuando les hablaba de “resurrección”. Cuando bajan del monte Tabor, después de la experiencia de la transfiguración, que es anticipo de la resurrección.

Tal vez, nosotros ya estamos familiarizados con el lenguaje y hablamos de “resurrección” como un concepto teórico o teológico que vinculamos a la persona de Jesús. Pero no estoy absolutamente convencido de que sepamos traducirlo en nuestra experiencia de vida cotidiana. Puede que nos pase como a los apóstoles de Jesús, que el mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible.

— Cuando hablo de “resurrección” ¿a qué me refiero? ¿Qué imágenes me ayudan a entender e interpretar este término?

«No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.» (Mc 16,6).

Jesús durante su vida fue identificado como el Nazareno, por razones obvias. No debía ser un lugar reconocido por nada en particular. Es una ciudad anónima, que no aparece en el Antiguo Testamento. El mismo Natanael se pregunta «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46).

— ¿Por qué soy reconocible yo? La gente que me conoce ¿con qué me identifica?

“Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él (Tomás) les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo»” (Jn 20,25).

Después de su muerte, Jesús cambia su identidad, es reconocido como “el crucificado”. Las llagas de los clavos y la marca de la lanza en el costado sirven para identificar al resucitado con el crucificado. Es el mismo Jesús que recorrió los caminos de Galilea y de Judea, el que tocó con sus manos a leprosos, el que curó enfermos y partió el pan con sus propias manos para repartirlo a las gentes hambrientas. Esas manos y esos pies, atravesados por los clavos en la crucifixión, son los que en las apariciones se presentan ante sus discípulos como signo de reconocimiento e identificación. El discípulo Tomás es el que pide ver los signos que identifican al Resucitado con el Jesús que él había conocido en su vida pública.

La experiencia de la resurrección es personal, podemos decir que subjetiva, ante unos mismos signos un discípulo cree inmediatamente y otro queda perplejo y sorprendido, parece que aún no ha dado el paso de la fe. Es lo que sucede con Pedro y Juan en la mañana de Pascua, cuando son advertidos por María Magdalena que el sepulcro está abierto. Pedro entra primero y ve los lienzos por el suelo y el sudario enrollado en un lugar aparte. Se queda admirado de la ausencia del cuerpo de Jesús. Sin embargo, Juan entra detrás y, viendo lo mismo que Pedro, cree inmediatamente que Jesús ha resucitado. El sepulcro vacío y las vendas que habían cubierto el cuerpo de Jesús son elocuentes para él.

Cada uno tenemos signos propios, experiencias muy personales, que nos han ayudado a creer en la resurrección de Jesús. Es verdad que después compartimos la fe, con el resto de los creyentes, pero todo parte de un encuentro personal con el Resucitado, en signos que nos hablan.

— ¿Qué signos he descubierto en mi vida, en mi experiencia personal, que me han ayudado a creer que Jesús está vivo, que ha resucitado venciendo a la muerte?

Al igual que sucede con el Resucitado, todo creyente —también nosotros— tenemos nuestra vida marcada por señales de resurrección.

La resurrección es una experiencia en el presente, en el hoy de nuestra vida. No hemos de pensar que la resurrección es una garantía de futuro, algo que sucederá solo cuando termine nuestra peregrinación por este mundo. Pablo, en la carta a los Colosenses, nos habla de ello como un acontecimiento que ya se ha verificado en nosotros por la fe. Si habéis resucitado con Cristo… entonces nuestra vida tiene que mostrar los signos de la resurrección. No podemos vivir como hombres sin esperanza.

1) El primer signo de la resurrección, que debe marcar nuestra vida, es la alegría. Es lo que caracteriza el encuentro del Resucitado con sus discípulos. “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20). No se trata de un gozo puntual, que se limita a ese momento del encuentro. Este gozo debe estar presente y manifestarse en todos los momentos de nuestra vida. Toda circunstancia, incluso la más dolorosa, puede ser vivida con la alegría que nace en este encuentro con el Señor.

También el hermano Carlos vivió esta alegría y nos habla de ella:

¡Vos resucitáis y subís a los cielos! ¡Estáis, pues, en vuestra gloria! No sufrís más, no sufriréis ya nunca más, sois dichoso y lo seréis eternamente… ¡Dios mío, qué dichoso soy, pues os amo! Es por vuestro bien por lo que yo debo cuidarme antes que nada. ¡Cómo no alegrarme, cuán satisfecho debo estar! … ¡Dios mío, sois bienaventurado por la eternidad, nada os falta, sois infinitamente y eternamente feliz! También yo soy feliz, Dios mío, pues es a Vos a quien yo amo ante todo. Puedo deciros que no me falta nada… Que estoy en el cielo, que, pase lo que pase y lo que me suceda a mí, yo soy dichoso, a causa de vuestra bienaventuranza.

Resolución.—Cuando estamos tristes, desanimados de nosotros mismos, de los demás, de las cosas, pensemos que Jesús está glorioso, sentado a la diestra del Padre, bienaventurado para siempre, y que si le amamos como debemos, el gozo del Ser infinito debe estar infinitamente por encima de nuestras almas, las tristezas provenientes de estar agotados y, por consiguiente, delante de la visión de alegría de Dios, nuestra alma debe estar jubilosa y las penas que la ahogan desaparecer como las nubes delante del sol; nuestro Dios es bienaventurado. ¡Alegrémonos sin fin, pues todos los males de las criaturas son un átomo al lado del gozo del Creador! Habrá siempre tristezas en nuestra vida, debe haberlas, a causa del amor que llevamos y debemos llevar en nosotros mismos a todos los hombres; a causa también del recuerdo de los dolores de Jesús y del amor que sentimos por El; a causa del deseo que tenemos que tener de la justicia, es decir, de la gloria de Dios y de la pena que debemos experimentar viendo la injusticia y a Dios insultado… Pero estos dolores, por justos que ellos sean, no deben durar en nuestra alma, no deben ser más que pasajeros; lo que debe durar es nuestro estado ordinario; es a lo que debemos retornar sin cesar; ésta es la alegría de la gloria de Dios, la alegría de ver que ahora Jesús no sufre más y no sufrirá más, sino que El es dichoso para siempre a la diestra de Dios.

(Anotaciones de un Retiro hecho en Nazaret del 5 al 15 de noviembre de 1897)

2) El segundo signo ha de ser la fe. El acontecimiento de la resurrección y el encuentro con el Resucitado nos llevan a creer en Dios. Es Él quien ha resucitado a Jesús y lo ha sacado del sepulcro. La fe nos sitúa ante la realidad con ojos nuevos, con mirada profunda. La fe ilumina toda la realidad. Toda la creación, cada una de las personas, nos remiten al Creador. Podemos encontrar semillas del amor de Dios allí donde miremos. Dios está detrás de cada persona y de cada cosa.

Para el hermano Carlos, la fe hace que nuestra vida se simplifique:

¡Qué felices somos nosotros que creemos! ¡Qué bella, alta y pura es la verdad! Y ¡cómo la vida humana se aclara a la luz de la fe, se hace simple!

¿Cómo podéis creer, vosotros que recibís vuestra gloria unos de otros, y que no buscáis la gloria que no viene sino de Dios? (Jn 5,44). Para creer hay que humillarse, hay que hacerse pequeño, hay que confesar que se tiene poco espíritu, admitir una cantidad de cosas que no se comprenden, obedecer la enseñanza de la Iglesia, recibir de ella la verdad, a veces de forma un tanto ruda, de una boca a veces poco hábil, someter el juicio, obedecer de espíritu… y creer humillado, pues creer es creer que uno es pecador, que nada puede por sí mismo, que abusa cada día de mil gracias, creer es tener delante de sí un ideal divino y comprobar lo lejos que uno está, es ver la bondad de Dios y nuestra ingratitud…

(Meditaciones sobre los pasajes relativos a los santos evangelios. Fe. Nazaret 1897)

3) El tercer signo es una vida transformada. Pablo nos invita a aspirar a los bienes de arriba, no a los de la tierra. “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba (…); aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1). No podemos conformarnos ni quedarnos solo con las cosas materiales, ni pensar que solo ellas nos darán la felicidad que ansiamos. Necesitamos lo material, sin duda, pero hemos sido creados también para lo espiritual. El encuentro con Jesús Resucitado cambia nuestra vida, le da hondura, profundidad. Pide que nuestros actos sean significativos y expresen la centralidad de ese encuentro y esa presencia en nosotros. También es Pablo el que dice “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20). No podemos quedarnos en lo superficial, hemos de profundizar en nuestro interior porque allí se produce el encuentro con Dios.

Carlos de Foucauld se refiere a su Señor Jesús como Modelo único y nos dice:

Sigamos este Modelo único; entonces estaremos seguros de estar haciendo lo justo, porque no seremos ya nosotros los que vivamos, sino él que vive en nosotros, y nuestros actos ya no son nuestros pobres y miserables actos humanos, sino los suyos, divinamente eficaces.

4) Y un último signo que quiero destacar es la comunión, la fraternidad. Cristo ha resucitado y nos ha hecho miembros de su cuerpo. Eso nos une de un modo permanente, irrevocable. No seguimos al Señor en soledad, como individuos, sino en comunidad. Celebramos la fe con los hermanos y esa fe nos lleva a amar a todos, también a los que no creen. La resurrección de Jesús va a volver a cohesionar a los discípulos que se habían dispersado. “ A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos” (Jn 20,26). Es también fuente de comunión y de unidad para nosotros, en nuestras fraternidades, para nuestra Iglesia y para nuestro mundo.

El hermano Carlos también es maestro de fraternidad, tuvo un estilo de vida acogedor, especialmente con los más pobres y con los más alejados del Señor.

La Fraternidad es la casa de Dios en la cual todo pobre, todo huésped, todo enfermo, está siempre invitado, llamado, deseado, acogido con alegría y gratitud por los hermanos que lo aman, que tienen por él un tierno afecto y que consideran su ingreso bajo su techo como el ingreso de un tesoro: ellos son, de hecho, el tesoro de los tesoros, Jesús mismo.

La Fraternidad es un puerto, una recuperación en la cual todo ser humano, sobre todo si es pobre o infeliz, es, a cualquier hora, fraternamente invitado, deseado y acogido.

La Fraternidad es el techo del Buen Pastor.

CUESTIONARIO PARA LA REVISIÓN DE VIDA

1. ¿Cómo puedo considerar el estado de la alegría en mi vida? ¿En qué momentos experimento una alegría creciente, mayor? ¿Qué realidades, acontecimientos, personas me arrancan la alegría?

2. ¿Qué elementos sostienen mi fe y le dan solidez? ¿Qué realidades ponen en crisis mi fe y me dificultan creer?

3. ¿Considero mi vida significativa? ¿Creo que transparento la presencia del Señor Resucitado en mí? ¿Qué elementos de mi vida deben cambiar para expresar mejor mi condición de discípulo de Jesús?

4. La fraternidad es uno de los elementos fundamentales de nuestra espiritualidad:
¿Qué puedo hacer en esta Pascua para mejorar mi relación con los miembros de mi fraternidad? ¿Cómo extender la experiencia de la fraternidad en nuestros presbiterios, en nuestras comunidades parroquiales, en nuestra Iglesia y en nuestro mundo?

Fernando E. RAMÓN CASAS

PDF: Las señales del Resucitado. Fernando RAMÓN, Retiro Pascua 2021

La vivencia del Resucitado en Carlos de FOUCAULD. Retiro de Pascua 2021 de la fraternidad de España. Aquilino MARTÍNEZ

“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co 15, 14)

Al tomar la decisión de ser yo uno de los que ofreciera unas palabras en este retiro de Pascua, de esta Pascua tan singular en medio de una pandemia, lo primero que me brotó interiormente fue una pregunta: ¿y qué dijo Carlos de Foucauld de Jesús resucitado? ¿hay alguna afirmación suya, o algún comentario suyo, en torno a la resurrección de Jesús? Realmente, en un primer momento no tenía respuesta, estaba en blanco.

Pero, con toda seguridad, el mismo Carlos de Foucauld debía tener muy presente esa afirmación contundente de Pablo, con la que he querido iniciar esta reflexión: “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe”.

Hay que recordar, en primer lugar, que CdF no es un teólogo. Y, por tanto, su objetivo al compartir sus escritos, cartas, comentarios al evangelio…no es proponer una exposición ordenada y estructurada de la fe. Lo suyo no es un catecismo de la fe católica, o un libro de teología. CdF va plasmando por escrito lo que va descubriendo y profundizando en su oración, en su abandono, y, también, en su vida encarnada, cercana a los que no conocen a Jesús, y a los más pobres y sufrientes.

Por otra parte, en algún momento puede dar la sensación de que CdF se ha quedado, solamente, en Nazaret, prescindiendo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Pero no es exactamente eso. No recorta a Jesús, quedándose solamente con la primera parte de su vida, y descartando la vida pública y su broche final. CdF conoce muy bien toda la vida pública de Jesús, especialmente su muerte y resurrección. Con toda seguridad, la cruz redentora de Jesús y la victoria de la resurrección tuvieron que formar parte, en muchas ocasiones, de su oración y contemplación. Sin lugar a dudas tuvo que incluir la muerte de Jesús en esa dinámica de descendimiento por parte de Dios. Y la meditación de la resurrección de Jesús pudo confirmar en CdF que, efectivamente, “si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Aunque no lo exprese de una forma explícita y, mucho menos, académica o teológica, para CdF hay una unidad y coherencia entre la vida oculta de Jesús, y su vida pública, que culmina con su muerte y resurrección, y de la cual participamos a través del Espíritu Santo (Pentecostés).

“Enseguida que comprendí que existía un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que de vivir sólo para Él”. Esta frase, en el inicio de su conversión y misión, nos da a entender que ha descubierto al Dios de vivos y de la vida. Enseguida va a orientar su espiritualidad hacia Jesús, y éste en Nazaret. Aunque sin descuidar su confianza total en Dios, tal como queda plasmado en su oración del abandono. Pero su mirada principal va a ir encaminada hacia Jesús, en Nazaret. Ese Jesús está vivo, no es una idea o una ideología, o una teología, o un mero “relato” (como tanto se dice ahora). Es una persona viva y muy presente.

Para el hermano Carlos, una de las presencias fuertes de ese Jesús vivo es la Eucaristía: “¡La Eucaristía es Jesús, es todo Jesús! En la sagrada Eucaristía, vos estáis todo entero, todo viviente mi Bien-Amado Jesús. Tan plenamente como estabais en la casa de la Santa Familia de Nazaret… como estabais en medio de vuestros Apóstoles.(174 Meditación sobre el Evangelio). La expresión “todo viviente” nos da a entender que, para el hermano Carlos, la Eucaristía prolonga la presencia de Jesús resucitado. En otro momento afirma, recordando y comentando las palabras de Jesús en la Última Cena: “<<Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…>> Mt. 26, 26-28. Esta gracia infinita de la Santa Eucaristía, cuánto nos debe hacer amar a un Dios tan bueno, un Dios tan cerca de nosotros… Cuánto la Santa Eucaristía nos debe volver tiernos, buenos, para todos los hombres.” (Meditación en 1897). También pone palabras en los labios de Jesús, sobre la Eucaristía: “Contemplarme amorosamente: es la única cosa necesaria y es lo que yo amo más… Si tu comprendieras la felicidad que hay en estar a mis pies y en mirarme…” (Retiro de Nazaret. Noviembre 1897). En esta otra reflexión es aún más explícito sobre la permanente presencia de Jesús entre nosotros: “Dios, para salvarnos, ha venido a nosotros, se ha mezclado con nosotros en el contacto más familiar y estrecho… Para la salvación de nuestras almas, continúa viniendo a nosotros, mezclándose con nosotros, viviendo con nosotros en el contacto más estrecho, cada día y a toda hora en la Santa Eucaristía…” (Reglamento y Directorio, 1909).Todas estas citas sobre la Eucaristía y la adoración eucarística nos hablan de la fe de un CdF convencido de la presencia viva de Jesús en el Santísimo Sacramento. No sólo eso, sino que entiende su tarea, su misión, su presencia entre los musulmanes y los necesitados, desde esa presencia viva de Jesús en la eucaristía y en la adoración eucarística. Sin la vivencia profunda de esa presencia eucarística, la vida ya no es una imitación de Nazaret, tal como lo entiende CdF. Y en positivo: contemplar y empaparse bien de esa presencia real de Jesús en la Eucaristía le empuja, le lanza a una presencia personal en el mundo y entre la gente como en Nazaret, al estilo de Jesús.

La otra presencia fuerte de Jesús resucitado, para el hermano Carlos, son los pobres. Son muchas las referencias a los pobres, en los escritos del hermano Carlos. Entresaco algunas, de las que podemos intuir su fe en Jesús resucitado y presente: “No hay, creo yo, palabra del Evangelio, que haya tenido sobre mi más profunda impresión, y transformado más mi vida, que aquella: `Todo lo que hacéis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis´. Si pensamos que estas palabras son aquellas de la verdad increada… Con qué fuerza se nos lleva a buscar y a amar a Jesús en estos ‘pequeños, estos pecadores, estos pobres, poniendo todos nuestros medios espirituales al servicio de la conversión, y todos nuestros medios materiales para el alivio de las miserias temporales”. (Carta a Luis Massignon, 1 Abril 1916). CdF no hace una reflexión teológica sobre la “presencialidad” de Jesús resucitado en los pobres y pequeños, pero es evidente que no tiene ninguna duda de la permanencia de Jesús vivo en ellos, y de que esto le conmueve. Por una parte, percibe, ve a Jesús resucitado en los últimos. Por otra parte, recibe la llamada a acercar a ese Jesús vivo a todos, como se intuye de esta otra afirmación suya: “Poder llevar una vida muy contemplativa, haciéndome todo a todos, para dar Jesús a todos” (Junio 1902, conclusión del retiro). Es decir, quiere ver a Jesús vivo en los pobres, y quiere que otros vean a ese Jesús vivo, a través de él, de su testimonio.

No me resisto a traer a la memoria uno de los textos evangélicos más conocidos sobre la presencia de Jesús resucitado: los discípulos de Emaús (Lc. 24, 13-34). Conocemos muy bien toda la escena. Me voy a ceñir solamente al momento final, cuando los dos peregrinos invitan a Jesús a quedarse con ellos, y Jesús acepta:

“Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”. (Lc. 24, 29-34)

Curiosamente es al final, cuando Jesús ya no está presente físicamente, cuando parece estar más presente. Y esa otra presencia, más interior, más profunda, es la que les da un nuevo impulso a los discípulos. Primero, a recordar todo su camino en clave de Jesús (“¿no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las escrituras?”). Después, a unirse a los demás discípulos para contarles lo sucedido. Dice Pablo d´Ors, en un acercamiento a esta escena y, concretamente, a este momento, que a los de Emaús les queda la libertad para interpretar lo que les ha pasado. Y pensar y confirmar lo que les ha pasado. Esto es la fe: no una imposición sino una proposición, porque respeta nuestra libertad.

En una lectura libre de la vida de CdF, a la luz de este evangelio de los discípulos de Emaús, podríamos decir que, cuando CdF estaba, aparentemente, de “vuelta” de todo, el Dios vivo le sale al encuentro para decirle que sigue estando ahí, en medio de las decepciones y caídas. Ese Dios vivo ya se había hecho presente, de algún modo, en la fuerte experiencia religiosa de los musulmanes. El Dios de vivos y de la vida se sirve de distintos momentos y personas para salir a nuestro encuentro y hacerse compañero de camino. Pero es en aquella iglesia, en aquella conversación y confesión con el padre Huvelín, a la que siguió la recepción del Cuerpo de Cristo, cuando “se le abren los ojos” al hermano Carlos y puede hacer una relectura de su vida desde la fe. No podemos dejar de escuchar, de nuevo, su recuerdo de aquel momento al convertirse, es decir, al descubrir unos ojos nuevos: “Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para él. Mi vocación religiosa data de la misma hora de mi fe. ¡Dios es tan grande! Hay tanta diferencia entre Dios y todo aquello que no lo es”. Su camino, a partir de ese momento, lo conocemos. El Dios vivo que ve e intuye en ese momento inicial, en breve va a orientarlo y encarnarlo en Jesús de Nazaret, y Jesús en Nazaret. Podríamos decir que su Emaús le lanza a Nazaret. Su Experiencia del viviente la traslada a la cotidianeidad, a la vida oculta, a la vida sencilla y normal. Y tal como hemos recordado en la primera parte de esta presentación, va a tener muy presente a este Jesús vivo en la Eucaristía y en los pobres.

También para nosotros, como para CdF, esta Pascua puede ser una ocasión para redescubrir nuestro “Emaús en Nazaret”. Es decir, Jesús resucitado sigue haciéndose presente en nuestra vida cotidiana y en la vida sencilla de la gente con la que nos encontramos habitualmente. En lo sencillo del día a día, y en los sencillos y pobres de cada día, podemos intuir la presencia suave del resucitado. O podemos ser nosotros, en nuestro Nazaret, instrumento sencillo de Jesús resucitado para hacerse presente y acercar su vida nueva a los demás.

Posibles preguntas para la reflexión personal:

1. ¿En qué momentos de mi vida sacerdotal, quizá de decepción o desilusión pastoral, he notado la presencia suave de Jesús resucitado?

2. ¿Cómo percibo a Jesús resucitado en lo cotidiano, en mi Nazaret habitual? ¿cómo lo pueden percibir otros a través de mi?

3. De todo lo que conozco de la vida y espiritualidad de CdF, ¿qué es lo que más me llama la atención en relación con el resucitado?

Aquilino MARTÍNEZ, responsable regional

PDF: La vivencia del Resucitado en Carlos de FOUCAULD, retiro Pascua 2021, Aquilino MARTÍNEZ

Retiro verano 2020 Fraternidad España. SEGUNDA PARTE. Honoré SAVADOGO

RETIRO DE VERANO. SEGUNDA PARTE, 26, 27 y 28 de agosto

CHARLA III, MIÉRCOLES, 26 AGOSTO 2020, mañana

LAS TRANSFORMACIONES DEL HERMANO CARLOS Y SUS FACTORES

Invocación al Espíritu Santo

Palabra de Dios: 1 Cor 11, 18-29

Introducción

Todo lo que vive está muy a menudo sujeto a un conjunto de cambios que podemos llamar transformaciones. Algunas transformaciones son parte integral de la propia naturaleza de un ser vivo, mientras que otros cambios se sufren o se imponen. Nacer, ser niño, crecer y envejecer son cambios intrínsecos en la vida humana. ¡El trigo transformado en pan, luego en el cuerpo y la sangre de Cristo sufre transformaciones extraordinarias! En esta charla, me gustaría que consideráramos algunos cambios importantes en la vida de Carlos de FOUCAULD. Prestaremos especial atención a los mecanismos o factores de sus transformaciones para poder orientar las transformaciones a las que quisiéramos someter nuestra vida o comprender ciertas transformaciones que vamos experimentando.

He aquí algunas transformaciones espirituales importantes en la vida de Carlos: la pérdida de la fe durante su adolescencia y juventud, su conversión como explorador en Marruecos, su conversión a la fe, su entrada en Notre-Dame des Neiges en Francia y Notre-Dame-des-Neiges. Señora del Sagrado Corazón, en Siria, su estancia de tres años con las Clarisas en Nazaret, su ordenación sacerdotal, su vida misionera y pastoral en el Sáhara.

Ver el documento completo en PDF: Retiro Verano 2020 SEGUNDA PARTE Frat España.Honoré SAVADOGO

Retiro verano 2020 Fraternidad España. PRIMERA PARTE. Honoré SAVADOGO

RETIRO DE VERANO 2020, PRIMERA PARTE, 23, 24 y 25 de agosto

El retiro de verano de 2020 no puede ser realizado presencialmente, debido a la pandemia de la Covid19, entre los días 23 y 29 de agosto en la Casa Santa María de la Institución Javeriana de Galapagar, Madrid.

Por eso ofrecemos telemáticamente el contenido de las charlas de Honoré SAVADOGO, sacerdote de la fraternidad de Burkina Faso, y miembro del equipo internacional.

Presentamos estos contenidos para los hermanos de la fraternidad sacerdotal Iesus Caritas, o sacerdotes interesados en la espiritualidad de Carlos de FOUCAULD, o cualquier persona que desee tener este espacio de meditación, adoración, contemplación y revisión de vida.

UN RETIRO CON EL HERMANO CARLOS

(Recordamos estos días a nuestro hermano Pedro PLAZA GONZALO, que llegó a la Casa del Padre el 17 de agosto)

Ver el documento completo en PDF: Retiro verano 2020 Fraternidad España. PRIMERA PARTE. Honoré SAVADOGO

Retiro fraternidad Pascua, 16 abril 2020

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas. España.

RETIRO DE PASCUA 2020

LA VIDA PARA EL HERMANO CARLOS
Una vida libre

SEGUNDO DÍA,
jueves, 16 abril

En este segundo día de retiro pascual vamos a saborear la libertad de los hijos de Dios. Cristo Resucitado nos da la libertad; el que quedó encerrado es ahora libre como el viento. Ningún peso le atrapa ni ninguna venda le impide andar. El hermano Carlos sólo está atado a la voluntad de Dios, la voluntad que va descubriendo en sus búsquedas y su imitación de Jesús: “Para creer hay que humillarse, hay que hacerse pequeño, hay que confesar que se tiene poco espíritu, admitir una cantidad de cosas que no se comprenden…”. Carlos de FOUCAULD, “Escritos Espirituales”. En estos días de “confinamiento pascual” podemos experimentar la grandeza y la pequeñez del mundo donde estamos. Nuestra comunicación con el exterior se reduce a saludarnos “al estilo japonés” y al uso de los dispositivos electrónicos. Echamos de menos los abrazos y, sin embargo, no dejamos de sentir el cariño del propio Dios y de los hermanos.

Es momento de contemplación de toda esta situación. La custodia vacía del hermano Carlos nos puede decir mucho de tantas ausencias, de tantas veces que nos hemos sentido lejos de Dios, de las personas, o de nuestro propio ser interior. Pensamos que Jesús no está, porque lo buscamos en un sepulcro vacío. La ausencia de Dios en tanta gente nos da pena, y quisiéramos acercarle a Jesús, que no ha parado de amarlos, de buscarlos, de abrazarlos. Ausencias que se llenan a veces de algo artificial, de sueños inútiles o de fantasías. Dios es un Dios de vivos, decía Jesús, y es un Dios que nos da la libertad, a pesar de nuestro momento presente de “estar parados” o encerrados en casa. Pronto podremos decir “liberad al confinado”. Nada va a impedir que volvamos a abrazarnos y a saludarnos como siempre hemos hecho. En este momento Jesús no guarda las distancias y nos abraza cuando lo adoramos, Su amor es más fuerte que las limitaciones que ahora nos toca vivir.

El sábado santo ha sido para mí un día de desierto. Es, quizá, el día del año más adecuado para vivirlo así, hasta el momento de la Vigilia Pascual. Un desierto que puede ser repetición de lo que se vive cada día, pero que me situó de nuevo en la inmensidad de Dios, de su llamada, de su invitación a sentirme libre en el momento de Nazaret, que es el del confinamiento. El desierto, que nos hace encontrarnos vacíos de todo y esperándolo todo del Señor. El Assekrem de las cuatro paredes, del jardín, del huerto, de la calle o el campo que vemos desde la ventana…

¿Cómo nos identificamos con este Cristo Vivo, libre, en nuestra misión? “No tenemos la obligación de dar constantemente limosna, o consejos, o de rezar, pero sí la tenemos de dar buen ejemplo, tanto más cuanto que nuestras obras se saben, aunque creamos estar completamente solos…”, Carlos de FOUCAULD, “Escritos Espirituales”. Nuestra misión, el estar junto a la gente en sus momentos difíciles, en lo cotidiano de sus vidas; también dejándonos invadir por su humanidad, por su alegría o su tristeza, sus cosas aparentemente sin importancia, su camino compartido y su fe o falta de ella, es la misión adonde Jesús nos envía. «Jesús, con su obra redentora, nos volvió a regalar la libertad, la libertad de los hijos», (Papa Francisco). Cristo nos da la libertad de dejarlo todo, de poner a un lado el tiempo, la condición de ser un consagrado, la imagen social que tenemos, para decir sí a la persona que nos necesita, a quien podemos hacer el bien, sin “consejos de curas”, sin ser funcionarios de la liturgia o de los sacramentos. No importa las formas externas; lo importante es el amor que ponemos.

Jesús no vino sólo a cambiar el curso natural de la vida física, sino a infundir en ella un nuevo sentido con la fuerza de su Espíritu y la potencia de su palabra, transmitiendo al ser humano una esperanza siempre viva, fuente inagotable de la verdadera alegría. La piedra sepulcral que los discípulos de Jesús debemos remover es enorme y pesada, pues la losa de la muerte sigue sepultando hoy a miles de muertos en la pandemia mundial del coronavirus y a las masas de los pobres y marginados en toda nuestra tierra.” José CERVANTES GABARRÓN, (sacerdote de la diócesis de Cartagena, España, en una homilía de Cuaresma). Ante la diversidad de llamadas que recibimos, de los mensajes que desbordan nuestros dispositivos electrónicos en estas semanas, respondamos con la alegría pascual. Mucha gente necesita de nosotros – simplemente – saber que estamos ahí, que somos para ellos más importantes que una mascarilla. Saben que nuestro rostro y nuestras manos no contagian más que el amor de Jesús, y nosotros sabemos que sus personas también son un cántico pascual de alabanza, de acción de gracias. Por eso tenemos que dar las gracias por la gente. Uno por uno, con su rostro y su nombre, ante Jesús en la adoración, poniendo a su lado a quien no vemos, pero sí los sentimos.

La persona que ama está abierta a las penas de los demás y siente impulsos hacia la compasión y la ayuda, porque siente la unidad con el afligido. Conforta a toda persona a la que ve sufriendo. Sabe que es una con la energía originaria de la que todo participa. Esto ocurre simplemente cuando nos abrimos y entramos en contacto con el otro con piedad.” Willigis JÄGER, “Adonde nos lleva nuestro anhelo. La mística en el siglo XXI”, Desclée de Brouwer (Willigis JÂGER celebró su Pascua en marzo pasado)

La Pascua nos devuelve la alegría de ser salvados, la libertad de ser felices, la esperanza de un mundo más positivo, de valorar el esfuerzo y el trabajo de mucha gente que se deja la piel por los demás. Demos gracias a Dios por este Jesús libertador, pequeño en los pequeños, y muy grande en nuestro corazón.

Buena y feliz Pascua a todos.

PDF: Retiro fraternidad Pascua, 16 abril 2020, esp

Retiro fraternidad Pascua, 15 abril 2020

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas. España.

RETIRO DE PASCUA 2020

LA VIDA PARA EL HERMANO CARLOS
La vida del que se hace último

PRIMER DÍA.
miércoles, 15 abril

Repasando el Cántico de Filipenses (Flp 2,6-11), que en estos días de Semana Santa hemos profundizado, y orado con él, nos situamos con el hermano Carlos en su aprendizaje de anonadamiento, como el discípulo que aprende de su maestro: “Descendió: descendió toda su vida, descender al encarnarse, descender al hacerse niño pequeño, descender obedeciendo, descender haciéndose pobre, abandonado, exiliado, perseguido, ajusticiado, poniéndose siempre en el último lugar”. Carlos de FOUCAULD, “Escritos Espirituales”.

El aristócrata se hace siervo, el señor del castillo se va a vivir a la aldea, se despoja de su título y se hace hermano. ¿Cómo podemos entender lo del último lugar si nos mantenemos en el lugar de siempre o, incluso, tratamos de trepar, de escalar puestos? ¿Cuántas veces nos engañamos a nosotros mismos pensando que ya somos humildes?

La imitación de Jesús, como enseñanza de Carlos de FOUCAULD y deseo constante a partir de su conversión, sabemos que consiste en orar, trabajar, amar, acompañar, perdonar, como lo hacía Jesús, y también ser feliz como lo era él, mostrando la misericordia del Padre, en cada gesto, cada palabra. “La misericordia no se fabrica: se recibe. El don de Dios no se compra, no se vende, no devuelve la llamada. Dar gratuitamente sin esperar nada, sin que nadie pierda la esperanza. Arriesgarse a amar hasta el final”. Jacques GAILLOT en “Felices los misericordiosos”, 10 setiembre 2016 en iesuscaritas.org

Seguramente estamos experimentando en estos días de “vivir en lo oculto”, confinados, sin nada en nuestras agendas, con las velas de nuestros barcos plegadas, a la espera de un viento propicio, un estilo de Nazaret muy especial.

La llamada a ser misioneros debe estar permanentemente en nuestro corazón; no participar de la vida de la gente, visitar a los enfermos, recibir a los amigos y a las personas que vienen a nuestras casas, y tantas cosas que no podemos hacer durante esta pandemia, nos puede ayudar a revisar el sentido de la misión. Es muy probable que echemos de menos a los demás, como nos echamos de menos a nosotros mismos en una situación de normalidad. Nos hemos hecho los últimos por imposición. Debemos ser los últimos porque nuestro Maestro así se hizo, y así lo aprendemos cada día.

Todo esto nos hace ser más conscientes de las realidades de nuestro mundo. Nosotros vivimos en una Europa cómoda que se tambalea, una Europa cerrada sobre sí misma: “Está por construir la Europa de los pueblos. Es el sentido de la Historia. Sacrificando a los hombres en aras de la economía, dejando de lado los países del Tercer Mundo, no se hará la Europa de los pueblos. ¿Cuál será entones el porvenir de las comunidades inmigrantes? A mí me parece en el Tratado de Maastricht los inmigrantes pagan el pato de una Europa fuerte que da un poco de más altura a sus murallas.
Jacques GAILLOT, “Me tomo la libertad…”, Nueva Utopía

Esta Europa, que va a sufrir una crisis económica que aún no sabemos su alcance, que va a ser la crisis humanitaria de tanta gente – que realmente es el mundo de los últimos, los que siempre han sido últimos -, aprenderá a estar en su lugar, a saber escuchar mejor, a aplicar una política de mirarse menos el ombligo y mirar al mundo sin miedos. Algo así puede suceder en América del Norte… Y, como Iglesia, podríamos decir lo mismo.

Desde lo pequeño, lo que siempre ha carecido de importancia para los más ricos, el hermano Carlos construye un sueño. Fue algo que no llegó a ver realizado, como una utopía inalcanzable – un desafío del Reino – y, sin embargo, nosotros lo estamos apreciando, porque nos ayuda en nuestras vidas a vivir con sencillez, a compartir, a ser fraternidad, a no mirar a nadie por encima de nosotros, a no ser sumisos al consumo feroz, o como sacerdotes, a celebrar la fe del pueblo, de donde formamos parte, sin aspavientos ni rituales complicados, siendo parte de la historia de la vida de la gente porque son importantes para nosotros. “En la solidaridad con los pobres. Esta Pascua tiene su propio color. Nuestra ambigüedad personal aparece un poco más clara iluminada por los pobres. Algunos que caminan con Jesús se sienten desconcertados por las palabras de denuncia y de exigencia de sus derechos y, en consecuencia, quieren hacer callar la voz de los pobres y de los que se solidarizan con ellos. Los oprimidos también tienen miedo de morir en el desierto como los judíos, y nos piden lo que tenemos. La historia, con sus retrocesos y oscuridades, nos lleva a perder de vista al Dios que parece perdido y alejado en la montaña, mientras a nuestro lado se fabrican ídolos de emergencia recubiertos de oro brillante.” Benjamín GONZÁLEZ BUELTA, “Bajar al encuentro de Dios. La vida de oración entre los pobres”, Sal Terrae

La Pascua, esta Pascua en soledad, en Nazaret doméstico, es una oportunidad para gozar de nuevo con las cosas pequeñas, las buenas noticias, los amigos o la familia que echamos de menos.

La Pascua nos pone en el marco de la alegría de los pequeños, los últimos, donde Jesús está presente siempre, con su puerta abierta para ser convidados a la mesa de los pobres, o la cortina recogida porque no hay ni puerta. No pasemos de largo, pensando en sitios mejores. La adoración de Jesús es ahora esa casa humilde donde estar con él, con todos los pobres del mundo, ante quienes no nos hacen falta las palabras.

Hagamos ahora un tiempo de adoración. No para pensar en lo que he escrito, sino para mirar a Jesús, el que se hizo el último y fue el Bienamado del hermano Carlos.

Para nuestra revisión de vida:

1 ¿Vivo más mi vida (tiempo, trabajo, disponibilidad, recursos personales, potencialidades…) para mí que en función de mi ser misionero, de mi entrega a los demás? ¿Por qué y de qué maneras?

2 En el confinamiento y la pandemia que he vivido, ¿qué he aprendido de mi propia experiencia interior y de las experiencias, valores, dolores, vida y muerte de fuera?

3 La Pascua, como toda Buena Noticia anunciada a los pobres, ¿en qué aspectos, actitudes o planteamientos de mi vida es una conversión, un cambio, una llamada? ¿Me lo imagino o lo estoy viviendo?

PDF: Retiro fraternidad Pascua, 15 abril 2020, esp

Retiro fraternidad Pascua, 14 abril 2020

Fraternidad Sacerdotal Iesus Caritas. España.

RETIRO DE PASCUA 2020

LA VIDA PARA EL HERMANO CARLOS

INTRODUCCIÓN,
martes, 14 abril, noche

De esta manera telemática, este retiro de Pascua, -encuentro entre hermanos y momento contemplativo para celebrar a Jesús Resucitado- os ofrezco las reflexiones e invitación a la adoración, Cristo, pan y vino, liberado de la muerte y de la losa, caminante, peregrino con nosotros en este momento difícil de la humanidad… Cristo Vivo hoy nos invita a estar estos tres días en retiro gozoso con los seres humanos que tienen en su vida la esperanza de un mundo mejor. Por él fuimos salvados desde la cruz. Por él somos motivados a seguir en el trabajo del Reino. “Todo es de Dios… Le debemos todos los momentos de nuestra vida. Nuestro ser y existir: hagamos todo por Dios”. Carlos de FOUCAULD, “Escritos Espirituales”.

Desde nuestro hermano Carlos, con todos los aspectos y factores de su vida, sus intuiciones y contradicciones, saboreemos la vida, como saborea lo que es pequeño y simple quien es verdaderamente pobre. Se dejó encontrar en la mañana de Resurrección y su gozo nos llega a nosotros, que tratamos de vivir su carisma como hombres de fe. Hagamos en esta Pascua un espacio a la alegría, al sueño – los sueños del hermano Carlos -, la vida, y ésta aprovechada cada instante, con la esperanza de quien sueña un mundo nuevo y los sufrimientos, los propios y los de la humanidad, no son un obstáculo: “Si algún día la tristeza te hace una invitación, dile que ya tienes un compromiso con la alegría y que le serás fiel toda la vida. Donde hay verdad, también hay luz, pero no confundas la luz con el flash”. (Papa Francisco)

La alegría que no siempre es risotada, ni producto de un triunfo personal. La alegría de los discípulos al ver al Señor, junto con los miedos al “qué va a pasar ahora”. Es la alegría del hermano Carlos que se encuentra cada día en Nazaret, en Beni-Abbès o Tamanrasset con la gente, de los que aprende un idioma, una manera de relacionarse, un estar a la escucha, como en Marruecos encontró una fe en los musulmanes que le transmitían la grandeza de Dios. No eran buenos tiempos ni política, ni económicamente para el mundo; la miseria y las epidemias también azotaban a muchos países, de diferentes maneras y con consecuencias dispares, como fue la Primera Guerra Mundial, la expoliación de los recursos en las colonias de Occidente en África, en Asia… ¿Qué mayor pandemia que el egoísmo de los poderosos? ¿Hay vacuna para eso?

He tenido que rehacer todo lo preparado para estos días ante la coyuntura que estamos viviendo, y, siendo realistas, no podemos dejar a un lado la situación de nuestro mundo, el más cercano a nosotros o el que no nos toca de cerca. Es una Pascua muy especial, como creo que hasta ahora no habíamos vivido. A pesar de todo, vivámosla como nos invita la Iglesia y nuestro ser profundo, tal y como cada uno somos.

Especialmente para mí, en estos días de Pascua, van a estar en el corazón hermanos nuestros que ya han celebrado su Pascua plena recientemente: Manolo BARRANCO, Mariano PUGA, Michel PINCHON, Margarita GOLDIE, Antonio L BAEZA… tantos hermanos y hermanas resucitados…

Volvamos en estos a días a dejarnos sorprender por la Buena Noticia de Jesús Resucitado, del que está vivo en los humildes, en los hospitales, los barrios marginales, las cárceles, las aldeas sin luz ni agua en tantos lugares del mundo; de ese Cristo que ha pasado por la cruz, pero que no ha pasado de la gente; el que, desde tantos hombres y mujeres que en estos meses están trabajando por nosotros, nos libera de los miedos y nos tiende la mano.

Nos ponemos, pues, en la presencia de Dios, sin olvidar la presencia del dolor, de la esperanza y de las alegrías. Nos ponemos en sus manos, como rezamos en la Oración de Abandono, y la rezamos… “Padre mío, me abandono a ti…”

Con todo el amor de nuestro corazón, con infinita confianza, sigamos creyendo en la vida, iniciando este retiro de Pascua.

Allí donde yo viva y la vida brote en mi, allí veré al Resucitado y experimentaré a Dios.” Anselm GRÛN, “Buscar a Dios en lo cotidiano”, Narcea.

PDF: Retiro fraternidad Pascua 2020, 14 abril 2020

Retiro de verano de la fraternidad de España. Conferencias. José Emilio CABRA MELÉNDEZ.

Para ponernos a tiro…

Se nos regala un tiempo tranquilo para rezar, que es un lujo. Puede costarnos «entrar». Uno, de golpe, tiene que hacer un corte y necesitamos tiempo suficiente para serenarnos por dentro.

Dios nos trabaja en el silencio. El trabajo grande lo hace él. La parte que nos toca a nosotros es quitar obstáculos, ponernos a tiro, «barrer la puerta» para que pueda entrar. Por eso, aprovechemos todo el tiempo que podamos: los ratos largos de oración, pero también los tiempos muertos, los ratos en que parece que «no pasa nada», los paseos, las comidas. Dios nos puede sorprender cuando menos lo esperamos.

Cada uno de nosotros afrontará el retiro con un estado de ánimo distinto. Es una buena oportunidad para sentirnos libres en las manos de Dios. Pero a todos, seguro, tiene el Señor algo que decirnos en la situación en que nos encontremos.

Algunas dificultades

Porque él habla; de eso estamos convencidos. Sin embargo, podemos traer a cuestas algunas dificultades para «sintonizar» con Dios:

– quizás nuestro mal número uno: la dispersión. Vivimos «centrifugados», en mucho sitios a la vez. De una parroquia a otra, de una reunión a otra, de la reunión a las clases…

– la prisa y la superficialidad: como andamos dispersos, vamos generalmente siempre corriendo. Y por eso grabamos poco, registramos poco las experiencias que vivimos. Tenemos sensaciones, impresiones, bombardeados a toda velocidad, pero la realidad nos cala poco.

– Inconscientemente podemos hacer de la oración «una reunión de trabajo» de la que sacar conclusiones (para preparar la homilía, para revisarme). Estos días solo nacen de la pura gratuidad, del puro gusto de «estar con él», aunque al final no sacase nada nuevo en claro.

Se trata de estar con aquel que sabemos que nos quiere; de mirarlo para que nos enseñe, para parecernos a él, para que nos dé forma según su molde; se trata de dejarnos mirar por él para que nos dé unos ojos que miren el mundo como los suyos.

Para situarnos

Esta noche podemos ponernos tranquilamente delante del Señor. Llegamos a los ejercicios casi siempre bastante cansados y, a la vez, con la conciencia de que no hemos venido principalmente a descansar.

– No nos vendrá mal escuchar lo de Jesús a los discípulos: «Venid aparte a un lugar solitario y descansad un rato» (Mc 6, 31).

– Puede servirnos el texto de Mc 1, 35: «de madrugada, muy oscuro todavía, se levantó. Salió y se fue a un lugar solitario y allí estuvo orando» o cualquiera de los que presentan a Jesús orando solo. Jesús sale y posiblemente contempla a oscuras la ciudad. Contempla su actitud, cómo pone ante el padre los nombres, los rostros de los enfermos del día, de los pecadores perdonados, de los fariseos inoportunos, de tanta gente sencilla agradecida… Puedes unirte a él en el contenido de su oración: «Padre…»

– Quizás pueda ayudarnos una mirada agradecida a lo que he vivido en el último año, o en el último periodo que me resulte importante. Repasar los acontecimientos, las personas «que traigo en el equipaje», los sentimientos con los que he vivido… y ponérselos por delante al Señor, sin censuras, sin disimularlos, tal cual los llevo dentro, pero intentando descubrir siempre su paso por mi historia. Podemos dedicar a esa mirada un primer rato de oración.

No se trata de mera introspección, sino de redescubrir cómo mi historia ha sido acompañada, como la hemos vivido entre dos. Nuestra historia siempre se vive en plural… Pretendemos vivir estos días en compañía, acompañados por Jesús, cultivando esa sintonía de corazones que es la amistad.

Lo único que cuenta es «ser puestos con él». En la vida y en la muerte, solo nos salva comer el mismo pan de Cristo, es decir, ser simple y literalmente «compañeros» (cum-panis, «los que comen el mismo pan») […]. Con los años, la vida del Maestro y la del discípulo auténtico se entretejen de modo cada vez más estrecho, hasta el punto de no distinguirse dónde acaba el propio yo y dónde comienza el suyo. Tanto que, como cantaba Felipe Neri, «yo en vos y vos en mí nos vamos cambiando». La vida eterna es más una cuestión de «compañía» que de méritos (G. Forlai).

– O puede ser bueno, tranquilamente, mirar adelante y preguntarnos delante del Señor: ¿qué espero de los ejercicios? ¿Qué le pido al Señor estos días? ¿Qué me hace falta? Al Señor nadie le gana en generosidad. Lo nuestro es extender la mano como niños y pedir…

PDF: Esquema 0. para ponernos a tiro

Avivando el deseo…

Seguimos tratando de «entrar» en los ejercicios, dar el paso de «ponernos a tiro», querer adentrarnos en los caminos que Dios nos tiene preparados para estos días.

Se trata, sobre todo, de ir avivando el deseo, el deseo de Dios, el deseo de más. De vivir estos días con miras altas, como dice san Ignacio, «con ánimo y liberalidad», sin estrecheces, con ganas. Hace falta un acto de incondicionalidad. Sin esa actitud de ofrecerse del todo a Dios, los ejercicios no salen. Y hay que apostar alto.

Ir a lo esencial

Los curas a veces llevamos un ritmo que no es sano. Andamos tan dispersos, siempre tan corriendo. Nos pasa como a Jesús, que eran tantos los que iban y venían, que no tenían tiempo ni para comer (menos mal que nos parecemos a él en algo…). Nos hace falta entender qué significa ir a lo esencial, qué es lo fundamental, para no preocuparnos en vano por cosas que no lo merecen. De lo contrario nos viene el agobio. Con frecuencia nos quejamos del agobio que nos viene por tantas cosas que hacer. Y casi siempre es real la sobrecarga. Pero debe de haber algo más: también a Jesús se le ve siempre con gente que lo reclama, pero no se le percibe agobiado, controla el tiempo, tiene un momento para cada uno… San Pablo nos recordaba en ese precioso texto de Filipenses: «No os agobiéis por nada».

Podemos volver a la escena de Jesús con Marta y María (Lc 10, 38-42), un texto que nos interpela siempre: Jesús no enfrenta acción a contemplación, sino dispersión a unidad de vida. Una vida desordenada que nos tiene siempre nerviosos, exigentes, midiéndonos con nuestro propio metro y con el de los demás, como Marta con su hermana.

Jesús le recuerda que solo una cosa es necesaria, solo Alguien es necesario. La fuente del orden, de la unidad de la propia vida, no residirá en organizar mejor nuestras tareas, ni siquiera en dedicar más tiempo a la oración, aunque las dos cosas sean fundamentales. La fuente del orden es Jesús. Jesús en el centro de la vida. Jesús como un imán que, al acercarnos a él, va colocando con naturalidad cada cosa, cada actividad, cada afecto en su sitio. Y nos va modelando como él.

«Lo importante es ser una criatura nueva» (Gál 6,15)

En la carta a los Gálatas, Pablo viene discutiendo largamente sobre si hay que mantener normas del antiguo judaísmo. Como conclusión, cansado del asunto, zanja la cuestión y aparece esta frase como un trueno: «Nada importa estar o no circuncidado; lo que cuenta es ser una criatura nueva […]. En adelante, que nadie me moleste, que yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús».

Ser una criatura nueva. ¡Pues más difícil…! Si ya cuesta trabajo «convertirse un poco», parece que Pablo pone el listón bien alto. Y repite la idea en otras ocasiones: «el que es de Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ya pasó» (2 Cor 5, 7).

Convertirnos no consiste en «ser algo mejores», corregir nuestros defectos; la conversión no es un esfuerzo moral, algo que tenemos que hacer nosotros. Como decíamos de la oración, la conversión es, sobre todo, algo que hace Dios en nosotros, algo que le toca hacer a él, que para eso es Dios. A Nicodemo le costó entenderlo cuando Jesús le dijo que tenía que «nacer de nuevo» (cf Jn 3, 1-12), pensando de nuevo que era algo que tenía que hacer él: ¿qué hago, me meto de nuevo en el vientre de mi madre? Visto así, nacer de nuevo es imposible. Pero es que nadie «nace» por esfuerzo suyo, por propia voluntad, «nos nacen» —repetía el bueno de don Antonio Dorado—, la vida nos la dan. También la vida nueva. Es ese «nacer del Espíritu» del que habla Jesús al viejo maestro de la ley. Él es el protagonista.

«Llevo las marcas de Jesús» (Gál 6, 17)

Ese «cambio de perspectiva» es lo que nos cuesta más. Pero es el más importante. Todo esfuerzo que no esté animado por el Espíritu del Señor es vano.

Pablo ha hecho suya la vida de Jesús. O, mejor, Jesús ha invadido la vida de Pablo: «para mí la vida es Cristo» (Fil 1,21), «no soy yo: es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20), «llevo en mi carne las marcas de Jesús», «todo lo que hagáis o digáis, hacedlo en nombre del Señor Jesús» (Col 3, 17), «tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5). Jesús, Jesús. En esta época de la imagen, en que todo se valora por su marca ─la ropa, el coche, el móvil…─ también nosotros pedimos estar sellados por las marcas de Jesús.

Jesús también refleja en su cuerpo su estilo de vida, su anuncio y su persona: no tiene dónde reclinar la cabeza, camina de un lado a otro, no tiene tiempo para comer, llora, toca a los enfermos… y finalmente su cuerpo queda hecho un guiñapo colgado de un madero. Las marcas son otras: Jesús muestra a sus amigos las marcas de la cruz después de la resurrección.

De la misma manera, en el seguimiento al discípulo se le van grabando en el rostro, en las manos, en los pies, en la espalda, en todo el cuerpo, las marcas de Jesús.

Para nosotros, sacerdotes, es la configuración con Cristo que se nos concede por el sacramento del orden, pero que tenemos que renovar cada día para parecernos a Jesús: «en virtud de su consagración, los presbíteros están configurados con Jesús, Buen Pastor, y llamados a imitar y revivir su misma caridad pastoral» (PDV 22).

PDF: Esquema 1. avivando el deseo

Sobre el pecado y la bondad infinita de Dios

Dios —venimos repitiendo— quiere hacer de nosotros «personas nuevas», libres, pero nosotros, como el antiguo Israel, a veces andamos amarrados a nuestros pequeños «quereres» (cf. Núm 11, 4b-6). El derroche de Dios, la invasión de su misericordia, se encuentra con el miedo, el nerviosismo, la estrechez de los horizontes del pueblo elegido. ¿Los ajos y las cebollas? ¡Pero si Dios os ha dado la libertad…!

El papa Francisco sorprendió a propios y extraños al definirse, desde el comienzo de su pontificado, como «un pecador». Sorprendió por la naturalidad y la sinceridad con que convertía su conciencia de pecador en uno de sus rasgos fundamentales. En nuestro caso, sin embargo, hablar del pecado no suele provocar esa identificación espontánea, sino cierto cansancio, porque nuestros errores, nuestras caídas, siempre son parecidas, porque también nosotros «nos confesamos siempre de lo mismo».

El pecado no ocupa el centro de nuestra vida espiritual, sino la bondad infinita, desbordante, asombrosa de Dios. Que siempre es nueva. Se trata de sentir en las entretelas el amor excesivo del Padre, su oferta generosa a la felicidad, sus ganas de que vivamos en plenitud, porque solo así nace la conciencia de sentirnos lejos, pequeños y pecadores. Porque entonces uno siente lo poco que corresponde a quien tanto lo quiere. Solo esa experiencia hace de nosotros criaturas nuevas.

«Apártate de mí, Señor…» (Lc 5, 1-11)

Ser pecador no tiene nada que ver con la mala conciencia ante una falta. Reconocer nuestro pecado no es un «ejercicio de piedad»; es una cuestión de ser o no ser. Ser pecador es lo que no es Jesús, lo que Jesús despierta en nosotros cuando estamos junto a él, la conciencia de la distancia abismal que nos separa. Cuando Pedro se encuentra con la grandeza de Dios en Jesús, le pide «apártate de mí», no porque haya hecho examen de conciencia, sino porque descubre su pequeñez. El auténtico encuentro con Dios coincide con el descubrimiento de la distancia infinita que lo separa del Señor.

Que seamos pecadores no es un problema para Jesús, es más, es algo que a él lo acerca a nosotros. Por eso sentirnos pecadores es algo que se pide, como un regalo, porque como pecadores somos buscados, como Pedro, como la oveja perdida. La conciencia de pecado, separada de esta mirada de Jesús, nos agobia. Pero la experiencia de ser pecadores produce lo contrario: no dejas de experimentar el mal con hondura y lucidez, pero te sientes llamado a más; que ser pecadores es nuestra condición, no nuestra vocación, que es la santidad, el volvernos hacia Dios. Sintiéndome pecador se abre una brecha que permite que entre la misericordia de Dios.

Trigo y cizaña

Sin embargo, con un poco de sano realismo, nos damos cuenta de que habrá luchas que nos acompañarán «hasta media hora después de muertos». Podemos asomarnos por un momento a la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30).

Quizás esté yo equivocado, pero Jesús rechaza que seamos rígidos con el propio mal. No hay que arrancar la cizaña, en primer lugar, porque solo se reconoce al final: al principio no se distingue; cuando brota es igual al grano; se distingue con el tiempo. En segundo lugar porque el campo no es tuyo. Y el dueño del campo sabe esperar. Los que lo cuidan deben acostumbrarse a ver crecer juntos, hasta el final, trigo y cizaña, porque su dueño no quiere perder lo que podría perderse de bueno al arrancar la mala hierba. Valora tanto el grano de trigo que pudiera fructificar todavía, en contacto con la cizaña, que no le cuesta soportar la imagen de un campo manchado, que para los criados es inaguantable.

En cada uno de nosotros, la línea divisoria entre el trigo y la cizaña pasa por dentro. El cura tiene otra perspectiva del pecado, porque toca la raíz de la gracia, al ver cómo la gente se acerca a la fuente de la salvación y le cambia la vida. Pero tenemos también una perspectiva honda de la tragedia del corazón humano roto. Somos trigo y cizaña a la vez y nadie nos ha prometido nunca que esta última pueda desaparecer definitivamente de nosotros.

«Muy a gusto presumo de mis debilidades…» (2 Cor 12, 7-10)

Pablo vuelve a compartir su experiencia. Él mismo cuenta el trabajo que le costaba superar algún defecto, una debilidad. No sabemos cuál era, pero le hacía sufrir.

Es texto que nos desconcierta. Pero es genial. «Muy a gusto presumo de mis debilidades…» Incluso cuando lo conocemos, nos cuesta tomárnoslo en serio. Entendemos eso de no presumir de nuestras virtudes, de no tomarnos demasiado en serio a nosotros mismos, pero de ahí a «presumir muy a gusto de nuestras debilidades», a quererlas… hay un trecho.

La gracia de Dios no suele trabajar sobre nuestros méritos o nuestras virtudes, sino sobre nuestra debilidad. Conocemos bien nuestra debilidad, pero normalmente no sabemos «qué hacer con ella», cómo «gestionarla» porque hiere inconscientemente esa imagen ideal que tenemos de nosotros. Sin embargo, esa permanente «brecha abierta» de nuestra debilidad es la grieta por la que la gracia de Dios puede actuar. Haremos lo posible por taparla y convencernos a nosotros mismos de que ya nos apañamos, que achicamos el agua… hasta que una nueva brecha vuelva a abrir una vía al agua y, cuando nos parezca que volvemos a hundirnos, una nueva posibilidad a la gracia de Dios (A. Louf). «Primero la caída, y después la recuperación de la caída, las dos son gracia de Dios» (Juliana de Norwich).

Sin el descubrimiento de la propia debilidad uno vive como un pagano porque no sentirá la exigencia de ser salvado. Recibir el perdón reiterado de Dios, en lugar de desanimarnos, hace crecer en nosotros la sabiduría creyente. Es la naturalidad con que afirma el Cura de Ars: «El buen Dios lo sabe todo. Antes de que os confeséis, ya sabe que pecaréis todavía y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que lo impulsa a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!».

PDF: esquema 2. pecado

«Llamó a los que quiso»

San Ignacio repite al ejercitante que pida «conocimiento interno de Jesús» antes de cada momento de oración. Conocer a Jesús por dentro y conocerlo yo por dentro.

Llamados (Mc 1, 16-19)

«Venid conmigo». Es la invitación de Jesús a aquellos pescadores. El «conmigo» se convierte en la razón de ser de nuestra vida. Somos llamados a estar con él, a ser sus compañeros. Quedamos asociados a su manera de ser, de hablar, de actuar; a participar con él de una tarea común. Jesús es desde entonces la médula de lo que somos. Lo demás, nuestra tarea, nuestras relaciones, nuestros afectos, nuestro dinero… vale en cuanto está modelado, orientado a él. Nuestro yo profundo está tomado por Jesús. El encuentro con él nos alcanza en el corazón mismo de nuestra autonomía y de nuestra consistencia personal. Esa –y solo esa– es la razón de nuestro entusiasmo. Somos seguidores, que hemos dado con sencillez una respuesta permanente, pero que renovamos cada mañana.

Jesús toma en sus manos nuestro futuro. Nuestro futuro ya no es nuestro. Él se encargará de hacernos pescadores de hombres. Solo desde esta actitud de entrega total garantizamos la coherencia de nuestra vida. Un yo entregado por completo, radicalmente. Porque si lo parcelamos, si dejamos rincones en que no haya entrado la llamada, se abre la puerta a la tentación del compromiso, del arreglo, de la componenda.

Diez, veinte, cincuenta años después de haber sido ordenados, seguimos descansando en aquella llamada de Jesús, en aquel «venid y lo veréis», en el «venid conmigo». Recordar la llamada y abandonarnos al Señor que la sigue renovando cada día supone un alivio en medio del ajetreo, de las preocupaciones diarias y de nuestras propias caídas. Es un tesoro que nos toca conservar.

Amigos (Mc 3, 13-19)

Marcos cuenta que Jesús «llamó a los que quiso… para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios». Dice el cardenal Martini que la traducción más correcta es Jesús «llamó a los que quería»; no tanto «a los que quiso» en el sentido de «a los que le pareció bien», sino según la idea hebrea de «a los que llevaba en el corazón». Y es él quien elige, no por ninguna cualidad del llamado, sino por puro movimiento de su corazón. Y ahí, en aquella lista que estaba en el corazón de Jesús, caben nuestros nombres.

«Para que estuvieran con él». Este es el centro de la elección, de la voluntad de Jesús. Sobre este estar con Jesús gira todo la escena. Estar con Jesús es, ante todo, una cercanía física que hará que se reconozca a los apóstoles como tales. Pero va más allá: se trata de identificación con su persona, de comunión de vida con él.

La experiencia de la amistad con el Señor es una de las grandes claves de la espiritualidad. Y es esencial para el presbítero. PDV habla de la «íntima comunión de los futuros presbíteros con Jesús como una forma de amistad. No es esta una pretensión absurda del hombre» (PDV 46d; cf. OT 8). Juan Pablo II define de la relación de Jesús con el presbítero, de forma arriesgada, como una «comunión de vida y amor» (PDV 72), ¡casi con los términos que usa el Concilio para referirse a la relación esponsal!

Podemos podemos volver a la figura de Juan el Bautista (cf. Jn 3, 29-30), que se entiende a sí mismo como el amigo del Esposo, se alegra precisamente de ser un personaje secundario por ser quien es el primero: el protagonista de la fiesta, el Esposo, es otro, la esposa no le pertenece a él. Su tarea es prepararlo todo para que disfrute su Amigo. Y su gozo, escuchar la voz del Esposo. Juan es quien, entre los ruidos de la multitud, sabe identificar el tono inconfundible de la voz del Amigo. Desde el vientre de su madre había saltado de alegría al sentir que Jesús se acercaba. Es como una versión masculina del Cantar de los Cantares —entendedme, fuertemente viril, como lo es Juan—: la voz de mi Amado. La voz de mi Amigo. Ese es.

No es una imagen infantil ni piadosa; se trata de una amistad real, no solo imaginada, con Jesús en la actualidad: la experiencia personal de Cristo resucitado que acompaña, que convierte nuestra vida en una vida en común con él. Como en aquellos diálogos de Jesús con don Camilo…

Para trabajar con él

«Los llamó para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar demonios». Para que hicieran lo mismo que él, en su nombre. Junto a la persona, indisolublemente unido, el proyecto. Estar con él significa que con él nos conmueva el desvalimiento de la muchedumbre.

La llamada, la vocación, nos ha convertido radicalmente en colaboradores de Jesús. Co-laboradores: trabajamos con él, pero la misión es suya. Él es –aunque nos cuesta convencernos– quien cambia los corazones. Nos quiere con él, pero no sustituyéndolo a él. La pesada carga de la responsabilidad recae entonces, en primer lugar, sobre Dios; no sobre nosotros. Y esto es nos libera, tanto en los fracasos, cuando llega la enfermedad, la incapacidad, el rechazo, como en los éxitos pastorales.

Y somos llamados con otros: nuestro ministerio es solidario. Nadie es presbítero en solitario, somos co-presbíteros. Con algunos compartiremos una amistad entrañable; con otros, posiblemente, no nos entendamos tan bien. Pero no nos unen solo nuestras simpatías ni nuestros puntos de vista comunes. Nos une el mismo Señor que nos ha dicho a todos las mismas palabras: «Ven conmigo».

Como Jesús (Mc 6, 30-34)

A Jesús se le acerca toda la gente rota: enfermos, lunáticos, pecadores. No son la «gente guapa», con la que se charla con tranquilidad, sino la gente que llama constantemente a nuestra puerta cuando no se la espera. Para todos tiene un gesto y una palabra de esperanza: a Jesús se le conmueven la entrañas ante alguien que sufre.

PDV animaba a vivir «en un clima de constante disponibilidad a dejarse absorber, y casi “devorar”, por las necesidades y exigencias de la grey». Vivir así no es para cómodos…

PDF: Esquema 3. Llamó a los que quiso

«Jesús lo miró con cariño»

«Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia» (san Agustín). Solo en esa clave —la primacía de la gracia— se entienden celibato, pobreza y obediencia.

El encuentro de Jesús con el joven rico (Mc 10, 17-22), como otros textos que nos son familiares, puede sonarnos a «sabido». Sería una pena que no nos sorprendiera.

El hombre se fue triste; se perdió lo mejor. Quizá no se dio cuenta de la mirada de cariño de Jesús, que valía mucho más que todas sus riquezas. No hay nada parecido a encontrarnos un día con los ojos del Maestro y escuchar de labios del Señor: «cuento contigo, ¿te vienes?» Sin duda hay un momento en que los ojos de Jesús son el tesoro por el que uno vende con alegría lo que tiene; la mirada de Jesús vale más que todas las riquezas; más, sin duda, que nuestros propios planes, que de pronto se han quedado viejos, porque el Señor tenía otros distintos. En ese «conmigo» que Jesús repite está el sentido de lo que somos, de nuestra vocación. Con Jesús.

Hoy Jesús nos recuerda que solo el dejarlo todo asegura la fidelidad. Todo, del todo y siempre… Solo así seremos libres para seguir al Señor. El Señor nos quiere enteros, porque él lo da todo. Busca obreros para su viña dispuestos a dejarse las manos en la faena, porque él se las deja. Quedarnos a medias, vivir a medio gas, no merece la pena.

«Lo hemos dejado todo…». Celibato, pobreza, obediencia

El «dejarlo todo» —familia, bienes, pareja, futuro, planes— nace de la relación afectiva con Jesús. Y solo a partir de esa relación afectiva, de la pasión por Jesús, se entiende y se sostiene nuestro celibato, la pobreza, la obediencia, el dejarlo todo. Somos pobres, obedientes y célibes porque Jesús lo fue. Y queremos ser como él. Lo recuerdan aquellas palabras de Carlos de Foucauld: «Dios mío, no sé si es posible a ciertas almas, al verte pobre, seguir siendo ricas voluntariamente…; en todo caso yo no puedo concebir el amor sin una necesidad, una necesidad imperiosa de conformidad, de semejanza».

Si el «conmigo», el «con Jesús» y el «como Jesús» son el centro de nuestra vocación, el celibato y los demás nacen de esa pasión por Cristo. Es el deseo de amarlo a él porque sí, por sí mismo. Quien sigue a Jesús –quien se siente arrebatado por él– vive con el deseo de ser como él. De llevar sus marcas.

El Señor no idealiza las cosas: el seguimiento tiene sus exigencias y Jesús las deja claras. En cada momento, en cada edad, se viven de una manera. La dificultad del celibato no viene solo –que también– de la abstinencia sexual, que cada uno vivirá de modo distinto, quizás según su propio temperamento. Creo honradamente que hay cosas que cuestan más: cuesta más asumir que no habrá nadie a quien puedas decir «tú eres mío», que no le podrás poner el adjetivo posesivo a nadie. Que no podrás aspirar a ocupar en el corazón de nadie un lugar que no te pertenece.

El mismo Jesús garantiza a cambio «casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras» y qué verdad es. Uno va entrando en tantas historias por las que da gracias cada día, como Jesús repasaría los rostros de tanta gente en las noches de oración con el Padre. Tanta gente que ríe o llora contigo, con la que rezas, a la que quizás consigues asomar al rostro del Señor… Compartes con ellos un trecho del camino… para luego seguir caminando. No nos pertenecen, no podemos «hacerlos nuestros»…

Con la pobreza y la obediencia pasa otro tanto. Don Antonio Dorado nos decía a los curas en una ocasión: «El ser propio del sacerdote consiste en no pertenecerse, en la renuncia a ser nosotros el centro de nuestra vida… Quien acepta la misión ya no se pertenece, renuncia a sus derechos; los derechos están ya de parte de la gente. Nuestro oficio es servir». La vida no nos pertenece, ni la persona, ni la salud, ni la carrera. Les pertenece a ellos, al Señor y a la gente. La gran pobreza (y la gran alegría de la pobreza) es abandonar los propios planes en manos de Dios. El papa Benedicto decía lo mismo: «El sacerdocio es un traspaso de propiedad». Es eso que repetimos con frecuencia de que la vida del cura es una vida «expropiada». Precioso. Pero también duro. Porque, oiga, ¿a usted le han expropiado alguna vez algo?

Insistía el papa Benedicto: «Nadie elige el contexto ni a los destinatarios de su misión». Ni el lugar donde vamos a estar, ni la gente con la que nos vamos a encontrar están en nuestras manos; están en manos de Dios, que sabe ya dónde nos quiere llevar y que nos espera donde haya una criatura. Nuestro problema, claro, no está en la voluntad de Dios, que aceptamos con la boca llena, sino en que esa voluntad con frecuencia nos llega a través de acontecimientos y de personas, de intermediarios. Y los criterios nos pueden parecer discutibles. Habrá mil casos en que nuestra voluntad choque con lo que nos gusta, nos apetece o nos parece justo. Pero cuando uno se entrega ⎯y todos tenemos experiencia de ello⎯, cuando nos dejamos llevar, todo se vuelve más fácil.

Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el miedo. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos. Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, borra el pasado malo y nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la paz! (Atenágoras I).

PDF: Esquema 4. joven rico

Mirar con los ojos de Jesús

Para la fe, Cristo no es solo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no solo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver (Lumen fidei 18).

La fe significa no solo mirar a Jesús, sino mirar también con los ojos de Jesús. El como Jesús supone entrar en su manera de ver la vida, los acontecimientos. Un texto ilustra bien ese «modo de mirar» de Jesús: «Yo te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra…» (Mt 11, 25; Lc 10, 21-22). Jesús ve más allá. Más allá de lo que se ve a primera vista, más allá del dato material y del juicio moral fácil. Esto no significa que la realidad no sea dura, difícil, ni nos obliga a ser ingenuos. Simplemente nos recuerda que la realidad no es opaca, que no se acaba en lo que vemos, sino que existe otra mirada que puede atravesar los acontecimientos, la misión, nuestra propia vida, y elaborar otra lectura de ellos, tal como Dios los ve.

Dos perspectivas imprescindibles: la alegría y la humildad

En el capítulo IV de la exhortación Gaudete et exsultate, el papa Francisco ofrece algunas actitudes que reflejan una vida santa y que considera «de particular importancia» ante la situación de nuestro mundo contemporáneo. Las considera «grandes manifestaciones de amor a Dios y al prójimo» (GE 111).

Dichosos vosotros…

La alegría no es un imperativo —las bienaventuranzas no son un mandamiento más— porque el gozo no se puede imponer, sino un anticipo de la alegría eterna que se encuentra cuando uno se aventura por los caminos del evangelio, cuando se anima a ser pobre, limpio de corazón, misericordioso; cuando trabaja por la paz o sufre por ser justo. Cuando se olvida de sí mismo y va respondiendo al don, a la invitación de Jesús y se va pareciendo, aunque sea un poco, a él, intuye lo que será el gozo del encuentro definitivo.

El gozo de servir

Ofrecer esperanza, animar a la gente, contagiar alegría, la alegría del Señor, es el mejor servicio que podemos ofrecer a nuestro mundo. La alegría nos hace útiles. Y es evangelio puro. No hay nada más social que la alegría. El cura, en expresión de san Pablo, es «servidor de la alegría» de la gente. Y es un servicio sencillo, cotidiano, que está al alcance de todos: a todos, pero quizás especialmente al cura, se le dan mil oportunidades diarias de escuchar, de acompañar, de ofrecer una palabra o desahogar una pena.

El gozo de Jesús no es ingenuo. No aparece solo en situaciones «amables», sino también en momentos complicados, porque «el Padre trabaja siempre». Hay un momento crucial —y tremendamente serio— que Jesús también contempla con la música de fondo de la alegría: la Última Cena. El lavatorio termina con una bienaventuranza que con frecuencia nos pasa inadvertida. Después de agacharse a lavarles los pies, de recordarles una vez más que el mayor es el que sirve, Jesús les dice: «si sabéis esto y lo ponéis en práctica, seréis dichosos» (Jn 13, 17). Desde que Jesús se inclina a lavar los pies de sus amigos, nuestro oficio es servir, decíamos; pero también nuestra dicha es servir.

El relato de la Última Cena en Juan está lleno de pinceladas, de alusiones a la alegría. Aunque es el momento de las despedidas, Jesús les habla de un horizonte más alto, les garantiza que habrá un gozo definitivo, el que él lleva dentro: «Volveremos a vernos y se alegrará vuestro corazón y ya nadie os quitará vuestra alegría». ¡Nadie os quitará vuestra alegría! Una alegría que nadie nos podría arrebatar, ni a ellos y a nosotros. Su propio gozo, completo. Pero, ay, parece que nosotros nos conformamos con menos y nuestra alegría es a veces tan pequeñita que nos la roba cualquier inconveniente: un resfriado, un arañazo en el coche, alguien que no nos ha saludado por la calle, un plan que se nos estropea… ya nos amarga el día. O pensamos que depende de nuestro temperamento: hay gente con más salero y otros a los que nunca nos sale un chiste derecho. ¡No, es una promesa de Jesús, su alegría! Y la cumplirá con su resurrección, cuando hasta nuestra propia muerte ha sido vencida.

El santo sentido del humor

Digo que me parece muy certera la idea de que la alegría «es una gran manifestación de amor a Dios y al prójimo». Pero el Papa afina y concreta un poco más: no solo la alegría —que al fin y al cabo es un fruto del Espíritu Santo y tiene su caché en la vida espiritual— sino ese hermano pequeño que es el sentido del humor es para Francisco una «manifestación de amor a Dios y al prójimo». Podríamos llamarlo ya el santo sentido del humor. Queda claro: «El mal humor no es signo de santidad» (GE 126). No se trata de la alegría consumista, sino de un gozo que supone detalles tan concretos como ser positivos, agradecidos y no demasiado complicados, con un espíritu flexible, no concentrado en las propias necesidades.

La alegría se convierte en un criterio de discernimiento, en indicación de que vamos por el buen camino en las encrucijadas de nuestra vida:

Una de las reglas fundamentales para el discernimiento de espíritus podría ser la siguiente: donde falta la alegría, donde muere el sentido del humor, no está el Espíritu anto, el Espíritu de Jesucristo. Y al revés: la alegría es un signo de la gracia. Quien está profundamente sereno, quien ha sufrido sin por ello perder la alegría, ese no está lejos del Dios del Evangelio, del Espíritu de Dios, que es el Espíritu de la alegría eterna (Joseph Ratzinger).

La humildad

Resulta mucho más «actual» hablar de la alegría como expresión de la santidad que de esta otra actitud que Francisco no rehúye y que ha atravesado la historia de la espiritualidad cristiana desde sus fuentes en el Antiguo Testamento: la humildad.

Si la santidad —la vida cristiana— es, ante todo, gracia, la humildad es la rendija que permite que esa gracia «se cuele» y actúe en nosotros. La sencillez nos ayuda a entender las cosas de Dios. La humildad nos hace sintonizar con el mismo corazón de Jesús. La humildad con los iguales, con los compañeros, con la gente a la que somos enviados, significa conocernos y aceptarnos como somos, saber el humus, la tierra donde venimos. Y es una clave imprescindible para las buenas relaciones: la sencillez, el no situarnos por encima de los demás, abre las puertas que la dureza y la soberbia bloquea.

La humildad ante los demás y, sobre todo, la humildad ante Dios. La humildad significa reconocernos como somos ante Dios: repetimos con frecuencia la frase de santa Teresa de que la humildad es «andar en verdad». Por supuesto, eso incluye reconocer nuestros talentos, nuestras capacidades —siempre para ponerlas, como con un delantal, al servicio de los demás—. Talentos y capacidades, que todos los tenemos. La humildad no significa no hacer frente a nuestras responsabilidades; si no, nadie que tuviera misión en la Iglesia podría ser humilde…

Pero, sobre todo, la humildad significa reconocer nuestra verdad ante Dios, es decir, sabernos pequeños ante Dios. Que es nuestra auténtica verdad. Pequeños, necesitados y precisamente por eso, tan queridos, que Dios ofrece su gracia a manos llenas. El que no es humilde, el que ha olvidado ese humus del que viene, no se sentirá necesitado y por eso se perderá lo mejor, el regalo de la gracia que nos viene no por nuestros méritos, sino por pura generosidad de Dios. «Todo se convierte en un problema cuando no hay humildad; y todos los problemas —y digo todos— se resuelven con la ayuda de esta virtud» (G. Forlai).

Una vuelta de tuerca…

Pero el Papa da una vuelta de tuerca firme y, quizás, inesperada: «La humildad solamente puede arraigarse en el corazón a través de las humillaciones. Sin ellas no hay humildad ni santidad » (GE 118). Si la humildad tiene cierto encanto, las humillaciones chirrían. La humildad todavía nos suena bien. Pero eso de las humillaciones nos rebela por dentro. No estamos normalmente por humillarnos. Significa que no saltes a la primera y te calles cuando hablen mal de ti: nosotros inmediatamente tenemos que elevar la voz para limpiar nuestra imagen mancillada. Significa aceptar un puesto o una tarea menos brillante de la que te correspondería sin quejarte: nosotros solemos hacer valer pronto nuestros derechos cuando nos pasan por delante…

Se trata, decíamos, de un don del Espíritu y, como tal, hay que pedirlo, simplemente… porque nos hace parecidos a Jesús. En la más genuina tradición espiritual e ignaciana, el Papa recuerda que «la humillación te lleva a asemejarte a Jesús» (GE 118). En el fondo, solo la mirada agradecida nos ayuda a entender la cruz, la del mundo y la propia, como lugar teológico, como espacio donde, en el mismo fracaso, se manifiesta la historia de la salvación. Es verdad que los tiempos no son fáciles, pero, de entrada, las cosas dependen mucho de cómo sepamos afrontarlas. «Hay una manera estéril de situarse —decía D. Antonio Dorado—: las actitudes negativas de resentimiento, victimismo, pasividad o evasión… Es cuestión de fe y esperanza, dos virtudes teologales que tenemos muy olvidadas por falta de entrenamiento».

PDF: Esquema 5. mirar como Jesús

«Yo estaré contigo»

El lugar de la experiencia de Dios

El desierto ciertamente es el lugar de la experiencia de Dios por excelencia. Pero puede que en nuestro lenguaje sobre la experiencia de Dios haya un equívoco: corremos el riesgo de plantear la «experiencia de Dios» como algo que depende de nuestra iniciativa o como una técnica en la que nosotros somos sujetos. Sin embargo, quizá la perspectiva sea justamente la contraria: en la Escritura —sobre todo en el desierto— no es el hombre quien hace experiencia de Dios, sino que es Dios quien, a lo largo de toda la historia de la salvación, hace experiencia del hombre (von Balthasar). No se trata de una experiencia sobre Dios, sino de Dios en cuanto es él mismo quien la lidera: Dios es sujeto, no objeto. El desierto es el lugar donde Dios nos libera, nos despoja; él busca al hombre y le dirige la palabra, le ofrece signos y lo escruta, le regaña y lo seduce; a veces lo castiga.

El tiempo de la prueba

Pero, ante todo, en el desierto, Dios somete al pueblo a la prueba. La intensidad máxima de la experiencia de Dios es justo el momento de la prueba. La sed, el hambre, el despojo de toda seguridad. Y la prueba más grande, el silencio (aparente) de Dios. Fue la queja de Israel en su éxodo: «¿Está Dios con nosotros o no?» (Éx 17, 7).

Parece que hoy no esté de moda hablar de la prueba de la fe, pero la Escritura no oculta que Dios también pasó a su pueblo en el desierto por el crisol de la prueba. Y pasa hoy a sus amigos por el mismo crisol. Abraham, Jacob, Job, el mismo Jesús, pasan por ella. Sin duda —como venimos repitiendo— Dios es amigo, el mejor amigo, pero la amistad con Dios en las Escrituras santas pasa por una relación que no es siempre pacífica, sino que prevé la lucha con él y el choque con sus tremendas pretensiones sobre el corazón humano.

Con frecuencia nos vemos de pronto lanzados al desierto, no por voluntad propia, sino obligados a descubrirlo como lugar de encuentro con Dios, de tentación, como la experimentó el pueblo de Israel o el mismo Jesús: la tentación en el desierto no es «poética», es real. Se trata de asimilar la prueba como paso de Dios, como lucha con él y como rendición final e incondicional a sus caminos.

La prueba puede ser la manera bíblica de llamar a la crisis, a esa sacudida de los valores que sostienen la existencia que nos golpea a todos en algún momento. La crisis puede llegar por muchos caminos: por el fracaso de los propios proyectos, la dificultad económica, la enfermedad, la oscuridad de la fe, el laberinto de los sentimientos… La crisis sanamente atravesada nos otorga una nueva visión de Dios, de las cosas, de uno mismo. Pero esa lectura, en la mayoría de los casos, solo se puede hacer después, pasada la crisis, atravesado el desierto: uno sigue viendo que el sufrimiento que vivió era verdad, pero experimenta la sensación de que «donde abundó el pecado sobreabundó la gracia». El desierto es el lugar en que el creyente, a pesar de las dificultades, del despojo, siente aquella certeza que atraviesa toda la Escritura: «Yo estaré contigo».

El lugar de la alianza

Al final el desierto es el lugar del cortejo —«la llevaré al desierto» (Os 2, 16)—, de la alianza esponsal, de la auténtica experiencia de Dios, que funde sus caminos con los caminos de Israel, algo que el pueblo —ningún creyente— podría haber ni soñado por sí mismo: «Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré en justicia y en derecho, en amor y en ternura; te desposaré en fidelidad y tú conocerás al Señor» (Os 2, 21-22). Yavé sella la alianza, suelda su vida con la vida de su pueblo, no como un trato entre iguales, sino como pura gracia, enamorado no del más grande, sino precisamente, del «más pequeño de todos los pueblos» (Dt 7,7).

El desierto y la cruz de Jesús

La cruz es —podríamos decir— la auténtica «experiencia del desierto» de Jesús, el lugar del despojo, de la prueba, del silencio del Padre. El lugar definitivo de la alianza de Dios con nosotros.

Hablamos estos días de llevar «las marcas de Jesús». La configuración del sacerdote con Cristo es ante todo pasiva, porque es gracia, porque es principalmente acción de Dios en nosotros. Todo lo que se vive pasivamente en la vida nos hace entrar en el plan de Dios, nos abre al misterio de la cruz.

Dos actitudes de Jesús en la pasión

En la Pasión Jesús apenas habla. Jesús no se queja, no contesta mal. Aunque tiene razón, no dice nada para defenderse, apenas cuando le preguntan. En el fondo, el silencio de Jesús es expresión de la única respuesta válida al mal que nos hacen: el amor como única solución al desdén recibido.

Y la segunda actitud, la confianza en el Padre. El gran drama de la Pasión no son los clavos; es el aparente silencio de Dios. Jesús se queda solo; el Padre parece desaparecer de la historia. Y, sin embargo, Jesús confía. Hasta en el momento de la máxima oscuridad en la cruz —por qué me has abandonado— se sobrescribe de confianza —a tus manos encomiendo mi espíritu—.

Dos actitudes para contemplar la pasión

Con seriedad, con hondura: como quien acompaña a un amigo que está pasando por momentos difíciles, por un trance injusto. Nos jugamos mucho en la entrega de Jesús, porque él se juega mucho.

Y ojalá, sobre todo, con agradecimiento. Alguien, Jesús, ha dado la vida por mí. Esa es nuestra principal certeza. El Señor se entrega por cada uno. Para él somos tan valiosos que nos regala su propia vida. Nuestra vida es valiosa porque Jesús ha pagado un precio alto por ella. A Jesús no le sale gratis nuestra amistad. Entrega la vida por conservar esa amistad, por unirnos para siempre con él y con el Padre. Así somos de importantes para él. Y la mejor respuesta es dar las gracias.

PDF: esquema 6. desierto y pasión

«¡Es el Señor!»

Al contemplar las apariciones del Resucitado, insistimos en pedir intensamente lo más importante, la alegría, el tesoro de los ejercicios; porque podemos conformarnos con alegrías menos hondas. Aquí nos jugamos el ser comunicadores de la experiencia de Pascua. Nos hace falta volver continuamente a la resurrección, «habitar» en ella para que nos dé la mirada de Jesús sobre la vida, los acontecimientos.

«El oficio de consolar»

Dice san Ignacio, al llegar a la resurrección de Jesús, habla del «oficio de consolar que Cristo nuestro Señor trae». Pablo cuenta su propia experiencia: «¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios del consuelo…!» (2Cor 1, 3-4). Pablo no habla de sufrimientos y consuelos como realidades alternativas: la experiencia de la cruz no ha sido una tribulación soportada, sino amor hasta el extremo de Dios que rompe la misma muerte.

La alegría de Jesús

En todo caso, contemplemos siempre el rostro feliz de Jesús. Jesús es feliz¸ feliz de haber vencido a la muerte; feliz de demostrar que el bien es más fuerte que el mal; feliz porque la tristeza se acaba, porque Dios no defrauda. Es el día para contemplar el rostro de Jesús inmensamente contento de volver a ver a sus amigos, de abrazar a Pedro, a María, de abrazarnos a cada uno para asegurarnos que estamos siempre con él, que no hay nada que rompa el gozo de ser de los suyos, que estamos atados a él para siempre. Jesús es feliz y quiere contagiarnos su alegría.

Magdalena (Jn 20, 1-18)

Magdalena no espera resurrección. Va sin saber qué hará para abrir la piedra. Se queda con amargura sobre amargura cuando cree que han robado el cadáver. Quizás sin saber qué hacer, llama a los apóstoles. El discípulo que Jesús amaba ve y cree. Aquí el evangelista usa el verbo phileo: es la clave de la amistad la que ayuda a ver más allá, a entender.

Nuestro ministerio consiste en preguntar a la gente por qué llora y esperar en silencio que nos conteste. María escucha su nombre. Que nuestro nombre, dicho por Jesús, resuene, rebote en todos los sótanos y entresijos donde haga falta. Es el trabajo de esta mañana, contemplar el rostro de Jesús resucitado cuando dice nuestro nombre, dejar que cale, que nos restaure.

Magdalena es enviada: «Diles a mis hermanos». Impresiona: para Jesús son sus hermanos, como si nada hubiera cambiado. Más cerca incluso que antes.

Un desayuno en la playa (Jn 21, 1-14)

La situación de aquella pesca en el lago era demasiado clara, demasiado parecida a la que ya habían vivido cuando conocieron a Jesús; sin embargo, solo Juan lo reconoce: «¡Es el Señor!» El discípulo amado tiene esa sensibilidad para descubrir por dónde se le aparece Jesús, qué le pega, qué lenguaje utiliza (eso es «conocimiento interno»; eso es discernir, descubrir las situaciones que son del Señor, que le pegan, en las que está presente).

Aquel desayuno en la playa es un retrato perfecto de la Iglesia: imperfectos, convocados por él, alimentados por la eucaristía (en ese grupo quepo hasta yo…).

«Simón, ¿me quieres?» (Jn 21, 15-22)

Pedro se había pasado la vida diciendo «yo puedo, estoy dispuesto, yo lo haré», cuando la pregunta auténtica era «¿me quieres?» Cuando Pedro claudica, recibe la confirmación de su misión, pero ya la misión se asienta en las fuerzas de otro; tiene los pies sobre roca. Jesús indica a Pedro lo único necesario, lo agarra en lo íntimo de su ser y lo reconstruye en torno a ese pilar fundamental que es su amistad.

La consecuencia de esa amistad, de esa identificación con Jesús, es la misión. El pastoreo nace del amor que él nos tiene y en el amor que él recibe como respuesta. Un amor que nos hace uno con él. Es sorprendente —por lo arriesgada— la reflexión de san Agustín:

Esta es la razón por la que quiso que también Pedro, a quien encomendó sus propias ovejas como a un semejante, fuera una sola cosa con él: así pudo entregarle el cuidado de su propio rebaño, siendo Cristo la cabeza y Pedro como el símbolo de la iglesia que es su cuerpo; de esta manera fueron dos en una sola carne, a semejanza de lo que son el esposo y la esposa. Así, pues, para poder encomendar a Pedro sus ovejas, sin que con ello pareciera que las ovejas quedaban encomendadas a otro pastor distinto de sí mismo, el Señor le pregunta: «Pedro, ¿me amas?»

La perspectiva de la vida eterna

Hemos insistido en la mirada sobre las cosas, los acontecimientos y el mundo; una mirada nueva que nos ayude a ver más allá, a —decíamos— mirar como Jesús. No es esta vida el punto para otear el horizonte esperando un futuro mejor: es el Reino que viene, la vida eterna, la que nos ofrece la verdadera perspectiva para entender esta vida, el presente transfigurado por un futuro ya nacido y que amplía el campo de visión. La fe nos alienta a contemplar el mundo con la mirada del cielo (cf Ef 2, 4-6). Con frecuencia la consolación puede consistir simplemente en una ampliación del horizonte.

Repetimos con frecuencia aquel reproche de los ángeles a los apóstoles el día de la Ascensión: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?» (Hech 1,11). No es por enmendarles la plana a los ángeles, pero quizás que a nosotros, precisamente, nos haga falta «mirar más al cielo», levantar la mirada, estar convencidos de que la vida es «más de lo que se ve». Creer en la vida eterna le da una nueva perspectiva a nuestra vida ya. Vivimos en el tiempo de la espera: la esperanza nace de una certeza, la de invocar «¡Ven, Señor Jesús!», no veo la hora de que vuelvas, como el niño que espera la visita que le es querida. Maranathá es una invocación que nos permite leer los tiempos de manera distinta. Por supuesto, no nos hace desentendernos de lo que nos traemos entre manos —faltaría más—, no huimos de esta vida. Al revés, nos ayuda a implicarnos de otro modo en esa vida nueva que ha empezado ya. Pero reconocemos, como aquel cura rural de Bernanos, que «ya todo es gracia».

PDF: Esquema 7. Resurrección

Retiro de la fraternidad Iesus Caritas de Argentina, junio 2018. Néstor CRUZ GARCÍA

Del lunes 18 al viernes 22 en la casa Villa Don Bosco en Unquillo, Córdoba, nos reunimos 13 sacerdotes de la Fraternidad para vivir nuestro retiro anual.

El paisaje invernal de las sierras, la calidez de la casa salesiana y la alegría del encuentro entre hermanos crearon el ambiente propicio para  estos días de fraternidad, descanso y oración.

Nos acompañó en la reflexión la Hermanita Adriana, de la comunidad de Hermanitas de Jesús de Monte Grande. Fue muy valioso su aporte centrado en la vida de Jesús en Nazaret  y la búsqueda de esta espiritualidad en el hermano Carlos. Nos aportó desde su ser mujer y desde su experiencia de vida inserta entre los pobres. Fue aún más rica la reflexión porque preparó las charlas con sus hermanas de comunidad y habló desde su propia búsqueda por vivir la espiritualidad de Nazaret.

La primer noche elegimos por votación al nuevo responsable nacional de la Fraternidad. Los nombres de los dos más votados fueron propuestos para una ultima votación. Finalmente resultó elegido Marco BUSTOS, de Córdoba, que aceptó cumplir esta misión con la ayuda de los demás para formar un equipo. Agradecemos a Daniel CABALLERO, que ha cumplido esta tarea en los últimos años y nos ha alentado a seguir creciendo como fraternidad en la Argentina.

El retiro giró entorno a parar y entrar a buscar la sabiduría, en un espacio de encuentro donde compartimos búsquedas, dudas y necesidades. Y fuimos buscando las fotos de lugares y experiencias como el de María con Isabel para encontrar el consejo y la confirmación de nuestra misión, todo bajo la clave de Nazaret como lugar oculto pero a la vez en medio del pueblo, como lugar de humanización, pero también de tensiones y conflictos. Y luego miramos a Jericó como el camino hacia nuestros sueños buscando a la vez el sueño que Dios tiene para nosotros. Y, por último, miramos Betania como el lugar donde está Jesús teniendo como amigos a los pobres. Además de las charlas que fueron profundas y muy movilizadoras, se enriqueció la reflexión con los aportes que cada uno compartía. Todos estábamos muy conformes y agradecidos con la Hermanita Adriana.

El segundo día comenzamos la revisión de vida en tres grupos. Fue muy especial porque aunque no nos conocíamos tanto y logramos una confianza grande para hablar de búsquedas personales. El tercer día vivimos nuestro día de desierto, con muy buen clima en las sierras,  y luego compartimos lo rezado en la misa de la tarde. El cuarto día volvimos a la revisión de vida donde pudimos compartir lo vivido y dar una palabra rezada o una orientación cariñosa a las búsquedas de los otros hermanos. Fue muy reconfortante la experiencia.

Una noche charlando entre varios hermanos, pensamos que, además de este espacio de espiritualidad, podríamos tener más a fin de año: un encuentro para charlar sobre cómo vivir nuestra espiritualidad en medio de las exigencias pastorales y sociales de la realidad. Se planteó en la evaluación final del grupo y quedó como un tema a charlar entre todos, y ver si es posible realizarla.

Todos nos fuimos agradecidos a Dios, muy contentos con el retiro, por la hondura del tema y por lo sereno y fraterno del compartir nuestras vidas, las alegrías y luchas de nuestro ministerio que deseamos vivir en la espiritualidad del Hermano Carlos.

Néstor CRUZ GARCÍA (Nepi), fraternidad de San Isidro

PDF: Retiro de la fraternidad Iesus Caritas de Argentina, junio 2018