El amor, la tercera (o primera) virtud teologal. Armand PUIG i TÀRRECH

1. El amor de Dios y el amor de Cristo

La primera cosa que muchas personas piensan cuando hablan del cristianismo es que el cristianismo es la religión de la acción. Nosotros, los cristianos, seríamos una gente que nos dedicaríamos sobre todo a la acción social. Muchos tienen esta idea. Recordamos, por ejemplo la buena aceptación mediática de que disfruta Cáritas entre la opinión pública –muy merecido, por otro lado. De hecho, muchos ven el cristianismo como una ONG y lo justifican precisamente por eso. Para muchas personas, el cristianismo hace acciones meritorias de cara a las personas necesitadas, desvalidas, los pobres, los sin techo, los extranjeros. Esto es verdad, pero se trata de una visión parcial. Los cristianos no somos una Organización No Gubernamental (ONG) dedicada a hacer acción social. Los cristianos somos una iglesia, una comunidad de fe y de amor que está injertada en el amor de Dios, que se derrama en la humanidad.

Ahora bien, esto que parece bastante evidente visto desde dentro, visto desde fuera no lo es tanto. Muchas personas desconocen, o no entienden, que la dimensión fundamental de la fe cristiana es la dimensión teologal, es decir, la dimensión de arraigo en el amor de Dios. La civilización occidental no está totalmente secularizada. El cristianismo se explica por la conjunción de dos vectores: la dimensión espiritual y la dimensión social, y la una no puede vivir sin la otra.

Los cristianos amamos porque Dios nos ha amado primero. Más todavía, el amor de Dios y el amor de Cristo son realidades que se superponen, que están colocadas la una dentro de la otra. En Juan 3,16 se lee: ”Dios ha amado tanto al mundo que ha dado su Hijo único para que no se pierda nadie de quienes creen en él, sino que tengan vida eterna”. Notamos que en el Evangelio de Juan el término “mundo” tiene, a menudo, un sentido negativo como aquella realidad que no conoce Dios y no reconoce Jesucristo. De hecho, hay mucha gente indiferente que realmente no conoce Dios, que no sabe qué quiere decir tener vida interior. Este es uno de los grandes dramas de nuestro tiempo. Henri de Lubac escribió un libro, “El drama del humanismo ateo”, que ahora podríamos titular “El drama del humanismo indiferente”. La palabra “ateo” expresa una posición que puede ser filosófica y práctica y que se resume diciendo que Dios no existe. La posición más habitual de hoy en día es la de decir que Dios no cuenta para nada. Quizás sí que Dios existe, pero el mundo no queda afectado. Este es el drama de la indiferencia. Así lo subrayan nuestros obispos en la Carta pastoral “Espíritu, ¿hacia dónde guías nuestras Iglesias?”, firmada el 21 de enero de 2021. En el apartado 2.1 de esta Carta se afirma que el problema es el Dios indiferente, no el Dios inexistente. Un Dios que restaría Indiferente en el mundo, y el mundo sería indiferente a Él.

Aun así, cuando leemos Juan 3,16 nos damos cuenta que Dios no es indiferente, sino que Dios es aquel que ha amado, y ha amado tanto, precisamente, el mundo, que ha dado su Hijo único. Por otro lado, tenemos en Juan 13,1 una frase parecida a esta. Juan 13,1 es el versículo que abre el relato de la Última Cena tal como se encuentra en el Evangelio según Juan. En la segunda parte de este versículo leemos: “Él (Jesús), que había amado los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Por lo tanto, parecería contradictorio que en Juan 3 se diga que Dios ama el “mundo”, todo el mundo, y en Juan 13 se afirme que Jesús ama “los suyos”, un grupo, sus amigos, los discípulos. Conviene, pero, leer ambos textos (3,16 y 13,1) conjuntamente, puesto que ambos amores están puestos el uno dentro del otro. El mundo no es una realidad “dejada de la mano de Dios”, sino que es una realidad que existe “dentro de la mano de Dios”. En el cristianismo la mejor categoría que explica quién es Dios es la del amor: el amor de Dios. Leemos en la Primera carta de Juan 4,7-8: “Estimados míos, amémonos los unos a los otros porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce Dios. Quien no ama no conoce Dios porque Dios es amor.”

Se puede decir que Dios es luz, como se dice en el prólogo del Evangelio (Juan 1,5). Podemos decir que Dios es verdad o vida, pero aquello que más le procede es el término “amor”, en griego agapê, que quiere decir el amor incondicionado e incondicional, el amor gratuito, el amor fiel, el amor que no se pide a sí mismo explicaciones para ser, de amor. Nos podemos preguntar si el niño ama su madre porque esta le da lo que el necesita. El niño ama la madre y el padre sencillamente porque los ama, y por eso le darán todo aquello que le haga falta y puedan darle. No hay razones para el amor. Me refiero, obviamente, al niño que no ha sido manipulado ni desfigurado por la cultura de la posesión, de la pequeña arrogancia, de la protesta impertinente. Este niño cuando aprecia, aprecia incondicionalmente, incondicionadamente, gratuitamente. De hecho, este niño no podría vivir sin saber que su padre y su madre lo estiman.

En consecuencia, cuando decimos que Dios es amor, hablamos de la realidad que pertenece al más profundo de su persona, a su dimensión última. Un filósofo se preguntaría por los trascendentales, los atributos fundamentales de Dios (uno, verdadero, bueno, bello). La respuesta es que hay que mantenerlos pero sabiendo que el amor da una respuesta existencial a la pregunta del porqué de las cosas, del ser humano y de Dios mismo. Tal como subraya Ramon Llull, el amor no es un concepto sino una acción: Dios es amor porque aprecia. Mi persona –y el mundo– se explica porque al principio de todo ha habido un acto de amor por parte de Dios. Por eso san Agustín enfoca su teología a partir del amor de Dios, la caritas Dei.

En el texto de la Primera carta de Juan 4,7-8 hay otra cosa remarcable. Leemos: “el amor viene de Dios”. Pues bien, si el amor viene de Dios, quiere decir que lo llevamos dentro, que es un don, que no es un puro movimiento interno de nuestro psiquismo. Si el amor viene de Dios, quiere decir que este amor es aquello que más nos define como seres humanos. Si la persona humana es hecha a imagen y semblanza de Dios, como leemos en el libro del Génesis 1,26, quiere decir que aquello que es imagen de Dios en nosotros es el amor de Dios “derramado en nuestros corazones” (Romanos 5,5). Somos imagen de Dios porque su amor nos configura y nos hace ser personas capaces de amar, dotadas de inmensas energías de amor. El ser humano es el resultado del amor que Dios ha escampado. Tenemos una capacidad para amar. Por eso somos imagen de Dios. Cierto que, como imagen de Dios, tenemos la razón y tenemos la palabra, pero, por encima de todo tenemos el amor. En el paraíso terrenal Dios conversaba con Adam y Eva. El uno y la otra habían sido creados por Dios, y reconocían que su relación con Él pasaba por la gratitud ante la cura y la atención con qué habían sido creados. Breve, del mismo modo que Dios es capaz de amar, el hombre es un ser hecho para amar.

Toda la revelación habla de la primacía del amor en Dios. En el salmo 86 leemos: “El Señor es compasivo y benigno, fiel y rico en el amor” (v. 15). Así, pues, en el Primer Testamento, en la revelación primera de Dios, en su Primera Alianza, ya se entendía que Dios es amor, con la frase preciosa del Salmo 86. Esta frase vuelve a aparecer en Efesios 2,4-5, donde se llama: “Dios rico en el amor”. Esta expresión mujer nombre incluso a una encíclica del Papa Juan Pablo II: la que se titula Dives in misericordia, “Ric en misericordia” que retoma Efesios 2,4. El amor es la dignidad más alta de Dios, aquello que más lo caracteriza.

Resumiendo este primer punto, el cristianismo es la religión de Dios Amor. Y, a partir de aquí sigue todo el resto. Pero el cimiento de la fe es el Dios que ama. No se tiene que empezar el cristianismo por la acción. Más bien, la acción cristiana es el resultado del gran principio del amor de Dios. Por eso las mismas cosas se pueden hacer de muchas maneras. Por ejemplo, hay muchas maneras de servir comidas a los pobres, de dar mantas a quienes pasan frío, de acoger alguien que no tiene papeles, de acercarse a un anciano que está solo, de estar con un niño mentalmente desarticulado… Hay maneras diferentes de hacerlo, pero, vistas las cosas desde el Evangelio, el principio es uno solo: Dios que ama. Por eso el amor se formula en términos de donación. No hablamos solo de hacer una ayuda a este o a aquel otro sino de un amor que estima y que se da. Todo empieza con el amor primero de Dios: Él se da y da su Hijo único (ved Juan 3,16). Podemos, pues, decir: In principio erat amor, “al comienzo existía el amor”.

2. Amor a Dios y amor al prójimo

En el cristianismo el amor a Dios forma una sola cosa con el amor al prójimo. Diciéndolo de otro modo, la ayuda del otro no se entiende de manera filantrópica o asistencial, como si fuera una promoción social a la manera de unas determinadas instituciones, públicas o privadas. El amor del cual hablamos es el agapê, y por eso el amor a Dios forma una sola cosa con el amor al otro. Jesús lo explica en un episodio muy importante de su ministerio (ved Marc 12,29-31). Un maestro de la Ley preguntó a Jesús cual era el primer mandamiento o, cual, el mandamiento más importante de la Ley. Era una pregunta de escuela teológica, un intento de sacar punta a la enseñanza de Jesús, aquel rabino singular de Nazaret.

Jesús, pero, lo defraudó primero y lo sorprendió después. En efecto, el primer mandamiento citado por Jesús corresponde a la plegaria que cada judío recita tres veces cada día. En el famoso “Escucha, Israel” (Deuteronomio 6,4-6), leemos: “Ama al Señor, tu Dios” (v. 5), y hazlo de manera intensa, con todo tu ser (el corazon, el alma, todas las fuerzas). Jesús responde cómo habría hecho el judío más ignorante de las cosas de la Ley pero con un sentido alto de su fe. La respuesta de Jesús es la del pueblo sencillo que cree de corazón y que piensa que Dios lo es todo en la vida. Pero Jesús continúa hablando y cita un segundo mandamiento, el texto del cual es tomado prestado del Levítico 19,18: “Ama a los demás  como a ti mismo”. Es decir, con la misma fuerza que te amas a ti y aprecias tu vida, tienes que amar a los demáa. Esta es la sorpresa: Jesús pone a pie de igualdad el amor a Dios y el amor al otro. Dice: “No hay ningún mandamiento más grande que estos” (Marc 12,31). Le habían preguntado por un mandamiento, y responde citando dos. El otro entra en la historia religiosa de la humanidad como categoría teológica. A partir de ahora Dios y la persona humana son dos realidades sagradas, inviolables, únicas.

La consecuencia del planteamiento de Jesús es que el amor de Dios y a Dios se articula con el amor al otro y, si queréis, del otro. La Primera carta de Juan lo formula así: “Quien no ama a su hermano, que ve, no puede estimar Dios, que no vez” (4,20). A Dios se le ama  pasando por el hermano, no sin el hermano, no sin el otro. Si alguien pretendía ser un adorador de Dios y pasaba de largo ante el otro, no conseguiría conocer Dios. A Dios, se le conoce amándolo y tan solo se le ama si el amor a Él incluye el amor en el otro. Cierto que en el Antiguo Testamento se habla a menudo de defender los pobres, los huérfanos, las viudas, los desvalidos, los extranjeros. Pero el Evangelio, tal como ha salido de los labios y de la praxis de Jesús, coloca el amor en el otro al mismo nivel que el amor a Dios. Ambos amores son, de hecho, uno solo, porque el corazón de la persona es uno y de él brota toda la capacidad que tenemos de amar. Por eso, la carne de quien sufre o vive en la necesidad, es la carne de Cristo. A Dios se le encuentra en el fondo del corazón y en el hermano: la interioridad no se contrapone con la salida hacia el otro. Más todavía, se trata de dos momentos, sístole y diástole, de un solo latido del corazón. Ni el anacoreta más recluido dedicado a la plegaria deja tener presente la humanidad, ni la persona más comprometida en una tarea a favor de los pobres puede vivir sin Dios.

El amor es central y primero, y por eso lo podemos considerar como criterio, como teniendo una identidad y como desarrollando un alcance, un radio de acción.

2.1. El amor como criterio

En Juan 13,35 el amor se nos manifiesta como criterio. Y, en este texto de la Última Cena, el criterio es el amor de Jesús. Leemos en los vers. 34-35: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis los unos a los otros tal como yo os he amado. Así, pues, amaos los unos a los otros. Todo el mundo conocerá que sois discípulos míos por el amor que os tendréis entre vosotros”. Nos interesa la frase “tal como yo os he amado” (v. 34). La pregunta es sobre cómo nos ha amado y nos ama Jesús. Se puede pensar que este criterio no es alcanzable y que nosotros no llegaremos nunca a amar y a amarnos con la misma fuerza, donación e intensidad con que nos ha amado él. Jesús, pero, no habla de una perfección humanamente imposible. Tampoco la frase del libro del Levítico 19,2 “seáis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” o la frase parecida de Mateo 5,48 “seáis perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” no significan que haya que vivir en un perfeccionismo inabarcable. Jesús es el criterio, no porque haya que repetir el que él ha hecho sino porque la medida y la referencia del amor son él, su vida y su muerte.

2.2.La identidad del amor

Para precisar qué quiere decir amar, hay que preguntarse por la identidad del amor. Nos puede ayudar la Primera carta a los Corintios 13,1-13. En este texto, que a menudo se denomina ”himno de la caridad”, Pablo se refiere a “un camino mucho más excelente” (12,31). Este camino es el del amor, tal como queda explicitado en 13,13: “ahora, pues, se mantienen la fe, la esperanza y el amor, los tres; pero el amor es lo más grande”. La fe y la esperanza son un camino seguro de vida cristiana, pero el apóstol afirma que el amor es más grande que las otras dos virtudes teologales. La razón es que el amor no es prescindible. La fe dejará de contar el día que se logre aquello en que creemos y igualmente, la esperanza llegue en su punto de cumplimiento (ved Hebreos 11,1). El amor, en cambio, restará por siempre jamás, y se mantiene ahora. Si Dios es amor, cuando estamos en Él, conseguimos o, al menos, llegamos a su plenitud.

Dicho de otro modo, el cielo es saborear el amor de Dios de manera llena. Pero también en esta tierra, según Pablo en 1Co 13, el amor es una realidad que traspasa y ultrapasa el conocimiento de todos los lenguajes (“de los hombres y de los ángeles”), el don de profecía, el conocimiento incluso “de los misterios escondidos de Dios”, la capacidad de mover montañas, la máxima generosidad hacia los pobres, la heroicidad de venderse un mismo como es esclavo para salvar la vida de otra persona. Sin el amor, ninguna de estas cosas no sirve de nada. Es decir, nada sirve, por muy grande que sea, si no se hace amando. El amor incondicional, el que no se hace por orgullo ni para ser admirado ni para ser reconocido, este es el único amor digno de este nombre. El amor es la antítesis del salvarse a sí mismo. Por eso Jesús muere amando porque renuncia a salvarse a sí mismo (ved Mateo 27,42-43). Se dice de manera cortante y paradójica al final de las malaventuranzas: “Ay cuando toda la gente hablará bien de vosotros!” (Lucas 6,26). No se puede hacer nada sin el amor. El amor hace útiles y realmente buenas nuestras obras. El amor es la terapia del corazón, de un corazón que escucha y estima.

2.3. El alcance del amor

Tomemos la figura de san Carlos de Foucauld para entender el alcance del amor, él que ha sido proclamado santo y modelo del pueblo cristiano. Foucauld habla de sí mismo como “hermano universal”, en un contexto como el que él vive, donde la inmensa mayoría son musulmanes. Para él, los musulmanes son hermanos, y lo es cualquier ser humano que habita en esta tierra. De hecho, hablar de hermano universal es hablar de amor universal. Este es el sentido que tiene la expresión de Jesús sobre el amor a los enemigos. Se encuentra en Mateu 5,44: “Amad a vuestros enemigos, rogad por los que os persiguen”. Es lo que también hizo el beato P. Christian de Chergé, monje cisterciense a Tibhirine, al Atlas argelino, mártir en 1996. Foucauld y de Chergé eran personas que amaban con un amor universal y que vivían aquello que proclama la última encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti: la fraternidad universal. Una fraternidad sin límites tan solo se sostiene porque detrás hay un amor que no hace distinciones, que no excluye ningún ser humano, que no tiene límites.

3. El amor a los pobres

“¿Si alguien ve a su hermano que está en apuros y le cierra las entrañas, como puede habitar dentro de él el amor de Dios?”. Esta frase pertenece en la Primera carta de Juan (3,17). Antes hemos comentado la relación entre amor al prójimo y amor a Dios (4,20) y ahora viene el momento de encontrar la concreción del término “prójimo”. Incluso nos podríamos preguntar qué es primero: el amor a los hermanos o el amor a los pobres. Queda claro, de todas maneras, que en ambos casos la Carta de Juan habla de la relación que hay entre nuestro amor hacia otro ser humano y el amor hacia Dios, que es la fuente y el origen del amor. Pues bien, la primera y más radical concreción del término “prójimo” es el término “pobre”. El nombre de “el otro” es en primer lugar el de “pobre”. El pobre es la prioridad, la que resulta más incondicionada, la que cuesta más de mistificar. El pobre es el “tú” por excelencia, pareciendo al “tú” de Dios. El pobre es lo preferido del Reino, es decir, es aquel que Dios sienta a su lado en el banquete de la joya sin fin.

Hay una parábola que responde a una pregunta sobre a quién tengo que considerar prójimo mío. Un maestro de la Ley se acerca a Jesús, después de que este ha hablado de amar al prójimo como así mismo. El maestro de la Ley quiere saber cuál es la anchura y el alcance del término “prójimo”. Jesús no responde con una disquisición sabia sino con una parábola que entiende todo el mundo, los sabios y los sencillos. La parábola está construida sobre dos personajes: un pobre (el hombre malherido) y un extranjero (el samaritano). Por lo tanto, la palabra “prójimo” tiene un sentido doble. Por un lado, el maestro de la Ley pregunta: “¿Quién son los otros que tengo que amar?” (Lucas 10,29). Según el relato parabólico, la respuesta es fácil: el hombre malherido. El otro es el hombre medio muerto, el pobre que se encuentra falto de lo más fundamental, la vida. Por otro lado, Jesús cierra la parábola con esta pregunta dirigida al maestro de la Ley: “¿Cuál de estos tres te parece que se comportó como prójimo del hombre que cayó en manos de los bandoleros?” (v. 36). La respuesta del maestro de la Ley es esta: “Quien lo trató con amor” (v. 37). El otro es, aquí, el samaritano, el extranjero, quien hace de prójimo del hombre malherido y medio muerto. Y Jesús concluye: “Ve, y tú y haz lo mismo”, es decir, compórtate como lo hizo aquel samaritano.

La parábola del buen samaritano afirma que “pobre” es el nombre del otro. El pobre es quien ha sido apaleado y casi muerto, y yace exánime al lado del camino. A suyo lado se para el extranjero, el samaritano, en contraste con quienes no se paran: dos judíos (sacerdote y levita) que pertenecen a la misma nación de los oyentes de la parábola –los cuales se sienten avergonzados del comportamiento de los miembros del templo, representantes del establishment religioso del pueblo judío. Estos no han hecho caso del hombre malherido, que no tiene nombre ni etnia ni religión conocida. Es, simplemente, un ser humano en estado de máxima necesidad, apaleado, desnudo, medio muerto, es decir, reducido a cero. Pues bien, alguien se comporta como prójimo de él. Y es que el amor al prójimo solo lo practica aquel que hace de prójimo, quien ejerce el amor hacia el pobre malherido. El samaritano es prójimo y se siente prójimo. Por eso encadena una serie de operaciones orientadas todas ellas al hombre malherido: llegar cerca de él, verlo, compadecerse, acercársele, curarle las heridas, vendarlas, subirlo a la propia cabalgadura, llevarlo al hostal, ocuparse, sacarse dos denarios de la bolsa, darlos al hostelero, pagarle los gastos extras. Solo llegamos a ser prójimo de los otros, prójimo del prójimo si, llegados ante el otro, nos compadecemos.

La compasión es una palabra cristiana fundamental. Compadecerse, que significa “sufrir con”, quiere decir ponerse ante el otro, en lugar del otro y sufrir con él. Entonces todo es posible. No hay límites. Si eres capaz de compadecerte del otro, de sufrir con el otro, de ponerte en lugar del otro, no hace falta que haya demasiadas estructuras ni cursillos de preparación. Hay que ir a la directa. El samaritano es uno que se compadece y, cuando se compadece, todo se pone en marcha. Pero el samaritano también arriesga. Si los bandoleros siguen por allá cerca y lo localizan, podría acabar mal. En el desierto de Judea no hay demasiadas escapatorias, te tienes que arriesgar.

El amor a los pobres empieza con la compasión. De entrada, los pobres no son atractivos, provocan a veces repulsión, pueden ser incluso antipáticos, quejarse continuamente, pueden responder mal. Ciertamente, también pueden responder bien. Puede pasar de todo. El amor es incondicionado e incondicional. Hay pobres simpáticos y pobres antipáticos, como pasa con el resto de personas. Pero los pobres son los amigos de Jesús, nos hacen tocar la vida, su vida y esto es cómo si tocáramos Jesús mismo. Los pobres son el rostro concreto del Señor.

De la parábola del buen samaritano, el papa Pablo VI dijo «el paradigma de la espiritualidad del Concilio Vaticano II». También se expresaba así el P. Lluís Duch, que comentó este texto y lo citó muchísimas veces. La parábola del buen samaritano representa el triunfo del ser humano y de su dignidad. Un hombre se compadece de  otro hombre, tiene misericordia y piedad. El samaritano, ¿se para porque es un buen hombre, porque tiene la curiosidad de saber qué pasa, porque aquel día estaba de buenas, porque creyó que se lo exigían sus  creencias religiosas? No lo sabemos. Tan solo hay un hecho: se para. Las motivaciones, ni se llaman ni, en último término, interesan. La pregunta por las motivaciones puede llegar a ser un escrúpulo. Pero esto no es cristiano ni evangélico. La pregunta por las motivaciones es una pregunta más bien inútil, que a menudo solo sirve para torturar las conciencias. La cuestión nace si haces esto o no lo haces, si te compadeces del otro o pasas de largo. Quien recibe tu compasión, no te pregunta porque lo haces, o como te encuentras, simplemente recibe aquello que le das. La pregunta por las motivaciones es menor. La cuestión es saber qué haces ante el otro que yace al lado del camino.

El Evangelio es una historia de gente pobre que acompaña Jesús y que son realmente el pueblo, el pueblo de la tierra, la ’am ha-àrets’, la gente sencilla y sin demasiadas palabras. Esta gente son, a menudo, en expresión del papa Francisco en la Gaudete te exsultate, «los santos de la puerta del lado». Notamos que la única plegaria de Jesús durante su ministerio que nos ha llegado, es una acción de gracias a Dios porque los más pequeños, los sencillos conocen los misterios del Reino. Dice Jesús: “Te enaltezco, Padre, Señor del cielo y la tierra, porque has revelado a los sencillos todo esto que has escondido a los sabios y entendidos” (Mateo 11,25). El primero que ha hecho la opción por los pobres es Jesús. Después, muchos lo han seguido, como san Òscar Romero, el obispo mártir de Salvador, un santo de nuestro tiempo.

4. El amor entre hermanos

La amistad con los pobres no es cosa de personas aisladas sino de comunidades articuladas y plenamente fundamentadas en el Evangelio de Jesús. Es importante acercarse a los pobres en el interior de una comunión, dentro de una comunidad. Esto es decisivo. Sin la comunidad, se corre el riesgo de hacer camino a solas y, por lo tanto, de construir sobre barro. Mateo 25,3-46, el juicio final, donde se habla de los criterios que usa el Cristo como juez universal en relación al bien obrado hacia los más pequeños, se tiene que vincular con Mateo 23,8, donde Jesús dice: «Todos vosotros sois hermanos». Cierto que en Mateo 25 no se habla de comunidad sino de personas –el juicio siempre es personal!–, pero no deja de haber una relación entre la atención a los pobres y la comunidad cristiana, que resta el sujeto primero de esta atención y de las decisiones personales de cada uno.

El fundamento del amor entre hermanos es Dios mismo. Leemos, pero, en la Primera carta de Juan 3,14: «Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte en la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama continúa muerto». Es decir, la acción de Dios en nosotros se verifica como el paso de la muerte en la vida –por eso la resurrección de Jesús constituye el modelo por excelencia–, pero conocemos que en nosotros este paso se ha realizado gracias al hecho que amamos a los hermanos. Quien no ama, no resucita. Quizás parecerá que viva, aparentemente hará todo lo que es propio de un ser vivo, pero si no ama continúa muerto. En cambio, si ama a los hermanos, quiere decir que ha pasado realmente y plenamente de la muerte en la vida. Vivimos cuando amamos a los hermanos.

La comunidad cristiana no es una convención social, sino una familia que surge del amor de Dios. En nuestra sociedad hay muchos grupos y asociaciones, presenciales y telemáticos. Estamos conectados diariamente por todos lados, estamos puestos en red a muchos niveles. Aun así, la comunidad cristiana emerge cuando hay un paso de la muerte a la vida, no cuando se establece una conexión entre algunos individuos. La comunidad no es un simple estar conectados. Personas muy amigas pueden estar tiempos sin conectarse. Incluso alguien puede reclamar la conexión pensante que «si no te conectas conmigo, es que no me amas». No se trata de vivir conectados, en una perpetua adolescencia, sino de vivir comunicados gracias a la fe y al amor, valiéndonos, eso sí, de los múltiples instrumentos que nos permiten estar cerca los unos de los otros y de impulsar la comunicación del Evangelio. El amor es una realidad que depende del amor de Dios «derramado en nuestros corazones» (Romanos 5,5). Más abajo, en el v. 8, se dice que, como prueba del amor de Dios, «Cristo murió por nosotros». Por eso nosotros también tenemos que dar la vida por los hermanos.

Entramos, pues, en un nivel que no tiene nada que ver con la banalidad y la ambigüedad, con las cosas frágiles y volubles. Nos movemos en el nivel de las grandes opciones de vida. Da la vida por los hermanos quien muere por ellos, con un gesto supremo de martirio como el P. Kolbe, que toma el lugar de un padre de familia condenado a muerte, o bien con un gesto martirial lento de donación hasta el extremo. Dar la vida es irse dando poco a poco, ir perdiendo la vida y, por lo tanto, ganarla. Cómo dice Jesús: «Quién quiera salvar su vida, la perderá, pero quien la pierda por mí y por el evangelio, la salvará» (Marc 8,36). Y todavía en el discurso de despedida, tal como lo reporta el Evangelio de Juan, leemos: «Nadie tiene un amor más grande que quien da la vida por sus amigos» (15,13). El amor entre hermanos se inscribe y se maravilla en el amor de Dios y de su Hijo, Jesucristo. La vida de Jesús, dada y ofrecida como realización del designio de Dios, es punto de referencia para los discípulos que siguen el Señor en aquello más transversal que contiene el misterio cristiano: el amor. Por eso el amor, la caridad, es, probablemente, la primera y definitiva virtud teologal.

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